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Full text of "La archiduquesita : comedia en tres actos en prosa"

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EL TEATRO. 




COLECCIÓN 

DE OBRAS DRAMÁTICAS Y LÍRICAS. 



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m MiuiQíisiNa, 



COMEDIA EN TRES ACTOS, 





PUNTOS DE VENTA. 



Madrid ? librería de Cuesla 9 eaUe MMayor, núm £. 

PROVINCIAS. 



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Zamora. 


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Mateos. 







LA ARCHIDUQUESITA, 



COMEDIA EN TRES ACTOS EN PROSA, 



Dt ID. Juera encomio Jjjartyrnbuwl), 



estrenada en Madrid, en el Teatro del Príncipe, á 8 de Noviembre de 

1854. 



MADRID. 

Imprenta de José Rodríguez, calle del Factor, núm. 9. 

1854. 



PERSONAS DE LA COMEDIA. ACTORES. 



FERNANDO III , Emperador de 

Alemania D. José Ortiz. 

EL ARCHIDUQUE LEOPOLDO 

GUILLERMO D. Victorino Tamayo. 

LA ARCHIDUQUESITA MA- 
RIANA Dona Rafaela Tirado, niña 

de {{ años. 

MATILDE Doña Teodora Lamadrid . 

EL DOCTOR PER-AFAN D. Joaquín Arjona. 

CLAUS D. Fernando Ossorio. 

CUNEGUNDA , dueña Doña Juana García . 

OTILIA , menina Doña Elisa Molina. 

Damas, Caballeros, Meninas , Dueñas. 



La acción pasa en Vienn, en Diciembre de 1646, 



La propiedad de esta comedia pertenece al Direc- 
tor de la Galería lírico-dramática El Teatro, y na- 
die podrá sin su permiso reimprimirla ni represen- 
tarla en los teatros de España y sus posesiones, ni en 
Francia y las suyas. 



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ACTO PRIMERO 



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Sala correspondiente á la habitación de la Archiduquesita en 
el palacio imperial. En el fondo hay dos retratos del Prínci- 
pe de España, D. Baltasar Carlos. Chimenea grande, mesa, 
sitiales, taburetes, etc. 



ESCENA PRIMERA. 

El Emperador Fernando III, en traje de casa. El Archiduque 
Leopoldo, de obispo. 

Leop. No, no; eso te corresponde exclusivamente, Fernando. 

Eres el Emperador y eres su padre. 
Fern. Y tú su tio, y además, príncipe de la Iglesia. 
Leop. Prelado y Archiduque, Maestre de la Orden Teutónica y 

Generalísimo de tus ejércitos, me doy por inhábil para 

negociar el matrimonio de mi sobrina. 
Fern. Leopoldo Guillermo, habla con tu hermano sin disimulo. 

¿Desapruebas que procure casar á mi hija con un rey 

de España? 
Leop. Cómo podría desaprobar una medida tan conveniente? 

¿Qué sería de nosotros en esta guerra, privándonos de la 

cooperación de los españoles? 
Fern. Veintiocho años que van ya de lucha incesante! 
Leop. Y llegará á los treinta, según se ve. La Archiduquesa 

Mariana, tu hija, debe ser esposa de su tio Felipe IV; 



P 



pero 61 cueñla ya cuarenta y un año;, y ella todavía 
no ha cumplido Jos doce: natural es que la pobre niña 
no tenga mucha prisa para tal matrimonio- 
Fkrw Sin embargo, bien le suena el título de Reina de las Es- 
pañas y de las Indias. 
Leop. La soberanía de una potencia en cuyos dominios nunca 
se pone el sol, á cualquiera seduce. Pero vuelve la vista 
allí. (Señalando los cuadros.) Muerto el Príncipe don 
Baltasar Carlos, hijo de don Felipe, mandaste quitar de 
esta sala esos retratos suyos; por bien de paz hubo 
que devolvérselos á Mariana. Con ese novio sí que estaba 
contenta! 
Fern. Ya. Un joven de poca más edad que ella, con bellísima 

traza... 
Leop. Murió en Octubre, y estamos en Diciembre: ¿es fácil que 
en tan breve intervalo se olvide Mariana del hijo, y 
acepte al padre? 
Fern. Yo, por mi voluntad, no apresuraría la boda; circuns- 
tancias independientes de mi querer me obligan á ello. 
Precisa es nuestra unión con España, y parece que la 
fortuna se complace en romperla. Yo estaba casado con 
la hermana de Felipe IV; la perdí. Desposo á mi hija con 
el Príncipe de Asturias ; unas viruelas acaban con el 
Príncipe en cuatro dias. Viudo, como yo, mi cuñado, se 
le ofrecen cuatro proporciones de casamiento , sin con- 
tar la de aquí: la Duquesa de Montpensier, la Princesa 
de Mantua, Leonor Gonzaga, y las dos hijas de nuestra 
prima Claudia, Archiduquesa de Inspruck. Si nos des- 
cuidamos un poco... 
Leop. La de Montpensier y la de Mantua no son partidos para 
Felipe, hallándose en guerra con los franceses como 
nosotros. En cuanto á nuestras primitas, las tirolesas de 
Inspruck, sabes lo que he dicho centenares de veces. 
Cásate con la una, y Claudia casará la otra como tú 
dispusieres. 
Fern. No pienso pasar á segundas nupcias tan pronto. 
Leop. Me dices la verdad, Fernando? 
Fern. Archiduque Leopoldo!.. 

Leop. El Archiduque Leopoldo, hermano menor del Emperador 
Fernando III , le debe el homenage de subdito ; pero 
como obispo de cinco ciudades, Leopoldo puede amo- 
nestar á Fernando. Tú rehusas casarte con nuestra 



prima Leopoldina, joven y hermosa, no por amor á la 
Emperatriz difunta, sino por amor á su sucesora. 
Fern. ¡Sucesora? ¿Quién le sucede! A quién amo yo? ¿Quién 

te lia contado eso? 
Leop. Ciertas inadvertencias tuyas me han dicho bastante. 
Fern. Te juro que, desde el fallecimiento de la Emperatriz, no 

he dirigido palabra de amor á mujer nacida. 
Leop. Si no la has dicho, ya la dirás. La señora de tus pensa- 
mientos ha de residir aquí en Viena , quizá en este mis- 
mo palacio imperial. Ignoro aún quién es; pero yo lle- 
garé á descubrirlo. 
Fern. Con qué objeto? 
Leop. Con el de oponerme á tu inclinación, si no fuere digna 

de tí. 
Fern. Cómo abusas de mi carácter benigno , Leopoldo ! Deja 
de ocuparte con los amores que me atribuyes , y piensa 
en la boda de tu sobrina, que importa más al bien del 
Imperio. Yo se la he propuesto á Mariana, pero sin fru- 
to ; yo la quiero infinito; veo que se aflige en habién- 
dosele de tal materia , y no me atrevo á darle pesar. Por 
eso deseaba que probases á reducirla. 
Leop. Si le hago reflexiones, me escuchará sin réplica , pero 
con disgusto ; si le dictamos órdenes , obedecerá , pero 
de malísima gana : y es cargo de conciencia enviar á 
Felipe IV una esposa que le tenga aversión. 
Fern. Viviera la Emperatriz, y vieras entonces!... 
Leop. Aunque no educó muy bien á su hija, nos sacaría con 
facilidad del apuro : una mujer siempre sabe cómo se 
convence ó persuade á otra. Sola una mujer casaría sin 
violencia á Mariana. 
Fern. ¿Una mujer! Sí, Leopoldo, sé cuál. 
Leop. No obstante , repito que es muy pronto aún para im- 
portunar á la Archiduquesa con proposiciones de casa- 
miento. De aquí á dos meses... 
Fern. De aquí á dos dias habrá declarado solemnemente mi 
hija que será con gusto Reina de España. Puedes entrar 
á verla. Ceso de rogarte que medies en este negocio. 
Leop. Me dedicaré al de tu boda. César amante, adiós. 
Fern. Él te guie, Leopoldo.- {Vaso el Archiduque.) 



— 6 — 

ESCENA I!. 

Fernando. 

(Repitiendo. ^Solaima mujer casará sin violencia á Ma- 
riana!) Tiene razón el Archiduque. Matilde, la Tenienta? 
de Aya, que fué antes menina , casi niñera de mi Archi- 
duquesita , ejerce en su ánimo el imperio, la seducción, 
la fascinación irresistible á que cedo yo propio: la mujer 
á quien ama el padre, colocará á la hija en el solio de Isa- 
bel la Católica. Todavía ignora Matilde que ha fijado en 
ella los ojos el Emperador de Alemania ; pero mi obser- 
vador hermano saldrá pronto de Yiena , y podré decla- 
rarme del todo; la declaración ya está principiada. Sue- 
cos, franceses, alemanes luteranos, el Turco, la mitad 
de Europa está haciéndome guerra: necesito entre 
tantos afanes un corazón que dé algunos momentos de 
paz al mió ; necesito amar para combatir con más fuer- 
za : me hará el amor la victoria más dulce ó el venci- 
miento menos amargo. 

ESCENA lie. 

Claus. — Fernando. 

Claus. Sacra Majestad 

Fern. Hola, Claus! Inquieto me has tenido toda la mañana. 
Qué has hecho por fin? 

Claus. Vuestra Majestad Imperial queda servido. 

Fern. Pusiste el regalo donde te dije? 

Claus. Donde mandó Vuestra Majestad Cesárea lo he colocado. 
Con el dinero que me entregó, fui al platero, le pagué, 
y recogí la joya en su estuche. Volví á palacio. Ni mi 
amo el Doctor Per-Afan de Ribera, ni mi ama la seño- 
ra Matilde , su sobrina , ni la misma Cunegunda , su 
dueña , me habían echado menos aún : con que no tu- 
ve que dar excusa de la escapatoria. Llamó en esto des- 
de su cuarto el señor Doctor, y acudimos los tres : era 
que entre la señora Matilde y la señora Cunegunda le 
habían cogido veinte pliegos que tenia escritos de notas 
á Séneca , y habían encendido con ellos la chimenea de 



nuestra sala. Mientras el Doctor, lleno de bondad y sa- 
biduría, les ecbaba una arenga para probarles que, si ha- 
bian de quitarle papel, agarrasen el blanco y respetaran 
el manuscrito, me escurrí bonitamente hacia el aposen- 
to de la señora Matilde , abrí una arquilla de su toca- 
dor donde guarda pomitos de olores , planté en medio 
el estuche, y me salí del cuarto como un bendito. 

Fern. Ha visto ya Matilde la joya? 

Claus. Creo que no , porque nada nos ha preguntado todavía, 
ni á mí ni á la dueña. Gomo viste hábito desde aquella 
enfermedad que padeció Su Alteza la Archiduquesita, 
no trastea mucho en el tocador. 

Fern. Sírveme fiel , avísame de lo que averigües... y... toma. 
(Leda dinero.) 

Claus. Obedeceré á Vuestra Majestad Cesárea , que viva mil 
años. ( Váse el Emperador.) 

ESCENA IV. 

Claus. 

(Repitiendo. Sírveme fiel !) Yo hago todo lo que Su 
Majestad Imperial ordena : me parece que es bas- 
tante fidelidad , sin dejar por eso de servir á todos los 
que' me necesiten. Ahí han andado en esas provincias 
matándose por la libertad de conciencia; yo me conten- 
to con la libertad de servicio, y su consecuencia inme- 
diata, libertad de propinas. (Se embolsa la suya.) 

ESCENA V. 

Leopoldo.— Claus. 

Leop. Me alegro de hallarte, amigo Claus. ¿Qué tenemos de 
aquel encargo? 

Claus. Creo que Vuestra Alteza Serenísima se dará por servi- 
do. Acabo de poner con el mayor sigilo en el tocador 
de la señora Matilde una joya, de orden de Su Majestad 
Imperial. 

Leop. ¡Una joya? 

Claus. De mil escudos. 

Leop. Luego es Matilde á quien ama el Emperador? 



Claus. 

Leop. 

Claus. 



Leop. 



Claus. 



Leop. 



Claus. 
Leop. 

Claus. 

Leop. 

Claus. 



Tal parece, á lo menos. 
¡Parece? Pues ¿qué!... no lo sabes de cierto? 
Sé que Su Majestad Imperial ha destinado esa joya 
para mi ama ; sé que mañana me entregará otra para 
ella, y pasado mañana otra más, de doble y de triple 
valor ; sé que tras la tercera irá una carta que expli- 
que de quién, por qué y para qué son las tres joyas; 
fuera de esto , no sé palabra. 

Con que todavía la declaración está por hacer? No 
mentía Fernando, sosteniéndome que desde que enviu- 
dó, no había enamorado á mujer alguna. Llega la no- 
ticia á buen tiempo. Yo cortaré los vuelos á ese peligro- 
so capricho. Matilde ha nacido vasalla mia : dispondré 
que la lleven á Inspruck , y allí mi prima Claudia la 
pondrá en un convento, ó la casará según le parezca. 
Á Vuestra Alteza Serenísima , como prelado, lo primero 
que se le ocurre, tratándose de establecer á una joven, 
es el convento. 

Se han deshecho tantos en la guerra presente... Ma- 
tilde, para monja, tiene andada la mitad del camino; 
ya lleva el hábito. 
Ciertamente; pero... 

Este es el bolsillo que te ofrecí. Ten. (Le da una 
bolsa.) 

Beso á Vuestra Alteza los pies. 
Todavía tendrás que servirme. 
Lo haré como suelo. Yo no deseo más que proporción 
de servir. 



ESCENA ¥1. 
Don Per-Afan. — Leopoldo. Claus. 



Per. 

Leop. 



Per. 



Alteza Ilustrísima... 

Doctor Per-Afan , seáis bien venido. Tengo que ha- 
blar ahora con un sacerdote sobre ese invento de la 
piedra filosofal, que tanto alborota. Esperad, y veá- 
monos. 

Mande á su servidor Vuestra Alteza. ( Váse el Archi- 
duque.) 



- 9 - 



ESCENA Vil, 



Per-Afan. — Claus. 



Per. 

Claus. 

Per. 

Claus. 

Per. 

Claus. 

Per. 

Claus. 



Per. 
Claus. 



Per. 
Claus. 



Per. 

Claus. 

Per. 

Claus. 



Claus... 
Señor... 

¿Sabes que Matilde todavía no se ha dado por enten- 
dida? 
Con vos tal vez no, conmigo sí. 

Y á qué aguardabas para decírmelo? 

Á que vos me lo preguntaseis. Mientras no se me son- 
saca , no chisto. 

Qué te ha dicho pues ? Habla -, explícate. 
Esta mañana , que andaba mi señora muy cavilosa , 
muy distraída... — Por distracción fué el echar á la lum- 
bre vuestros comentarios á Séneca.— Esta mañanita me 
dijo... 

Qué? Acaba. 

Me dijo : « Mira , Claus , hace meses que me hallo en 
mi aposento unas cartas anónimas de no sé qué galán 
español : estas cartas no han de venirse por sí solas á 
casa. Eso no tiene vuelta de hoja , le respondí : las 
cartas necesitan correo. Solo podéis traérmelas, pro- 
siguió , Cunegunda ó tú, y Cunegunda es una mente- 
cata, de quien nadie se íiaria. Razón tenéis, repuse; 
no sirve para ello. Con que tú has de ser el correvei- 
Ueva , continuó, porque eres un solemne bellaco.— Fa- 
vor que no merezco, señora. — No te hagas el simple, 
dijo marchándose ; que no quiero comprometerte. Díle 
á ese hombre que , á fuerza de ser terco, me ha vuelto 
curiosa. Díle que deseo ya conocerle.)) 
¡Eso dijo? 

Y se marchó corriendo , para que no viese que se le po- 
nía el rostro como un pimiento colorado , de vuestra 
tierra. 

Toma, Claus, toma por esa feliz noticia. (Dale dinero.) 
(Aparte.) Y van hoy tres tomas por noticias de mi ama. 
Por fin , ya quiere saber quién le escribe. 

Y ¿qué sucederá cuando sepa que su tio es su amante 
anónimo ? 



JO 



Per. 



Claus. 
Per. 



Claus. 
Per. 
Claus. 
Per. 



Claus. 
Per. 



Claus. 
Per. 



Eso es lo que temo ; pero ¿de qué otro arbitrio me ha- 
bía de valer en mi situación ? Yo, que amo ahora con 
delirio á Matilde, no podia sufrirla cinco años há, y 
ella me correspondía con su cordial aborrecimiento. 
¿Es posible! 

Mi hermana , madrileña como yo , servia á la Infanta 
doña María, antes que Su Alteza casase con Fernando III. 
Al venir á Alemania doña María , se trajo á mi herma- 
na y la casó con un buenjcaballero, cuya casa solariega 
radica en los dominios del Archiduque. 
Allí nació la señora Matilde. 
A los seis años quedó huérfana. 
Os la enviaron á Madrid. 

Me encargué de educarla. Ya ves que ahora mi sobri- 
na es el ornamento de este palacio por sus gracias y 
elegante despejo... Entonces era casi fea... y tan ruda! 
Cinco años tardó en aprender el castellano mediana- 
mente : cinco años fueron de desesperación para mí. 
Los españoles no tenemos sobrada paciencia para en- 
señar. 

Ni para aprender. 

Para nada. Dice un refrán de allí, que la letra con san- 
gre entra : la instrucción que recibió de mí la pobre 
Matilde, fué acompañada de tantas angustias... ¡Así 
me odiaba ella! 
Con escuela tan dulce... 

Doña María , Emperatriz ya , se acordó de Matilde , y 
me escribió á Madrid que se la trajese para menina de 
la Archiduquesita Mariana : vinimos á Viena. Ella en 
palacio, yo en mi casa , estábamos como apetecíamos: 
Matilde, libre de un maestro verdugo, y yo sin una 
discípula impertinente. Pero al rayar Matilde en la ju- 
ventud , y al salir de una enfermedad , su comprensión, 
antes limitadísima , se trocó de pronto en vivo y pene- 
trante ingenio ; la niña de poco agradable aspecto , fué 
paso á paso transformándose en una dama de brillante 
hermosura ; y al propio tenor , el dómine adusto en ga- 
lán rendido. Yo , que habia ansiado separarme de mi 
sobrina , ya no podia vivir sino donde me alumbrara la 
luz de sus ojos ; pretendí , conseguí que se me nom- 
brase preceptor de castellano y latín de la Archiduque- 
sa ; volvimos á habitar bajo un mismo techo Matilde y 



— 11 - 

yo ; traté de reparar mis antiguos rigores , y cesó ella de 
aborrecerme; pero noté que en su corazón se albergaba 
una antipatía contra mí , que sin ser muy fuerte , era 
de temer que fuese invencible. Quise renunciar á toda 
esperanza ; admití una comisión para la corte de Feli- 
pe IV; mi amor se tornó más violento en la ausencia; 
y desde Madrid, desde aquella casa donde tanto babia 
hecho gemir á la infeliz criatura , le escribí papeles, 
que recibieron sobre sí muchas veces mis lágrimas. 
Decíale en ellos que me era forzoso encubrirle por al- 
gún tiempo mi nombre y mi rostro; que podría contes- 
tar á mis cartas por medio de... 

Claus. El señor Archiduque vuelve. 

Per. Déjame solo. (Váse Claus.) 

ESCENA VIIB. 

Leopoldo. — Per- Afán. 

Leop. Perdonad si he tardado. 

Per. Señor!... 

Leop. Maese Per-Afan , vos sois un español honradísimo, y 
tenéis una sobrina alemana, tan buena como vos : yo, 
que os conozco, me intereso por ambos. 

Per. Beso vuestros pies augustísimos. 

Leop. Don Per-Afan , vuestra sobrina se halla ya en edad de 
tomar estado. 

Per. Cierto que sí , Príncipe Serenísimo. 

Leop. Doctor Per- Afán , vuestra sobrina pudiera estar mejor 
que en este palacio. 

Per. Quién lo duda ? Hay tanto pisaverde en la corte!... 

Leop. Pisaverdes y pisamaduros hay, que son de temer. Vos 
habéis hecho un viaje á Madrid en este año sin vuestra 
sobrina; ¿quisierais hacer otro con ella, no más que 
al Tirol? 

Per. Con grandísimo gusto. Si partí sin Matilde á España, 
fué porque el Emperador no permitió que la Archidu- 
quesita se quedara sin su predilecta menina. 

Leop. Penetro la razón. Pues, Doctor, yo quisiera que tio y 
sobrina partieseis á Inspruck inmediatamente , con un 
mensaje para la Archiduquesa Claudia. 

Per. Se dice si su Majestad Imperial se casa ó no se casa 



con la hija mayor de la Archiduquesa : ¿tendría rela- 
ción con eso nuestro mensaje? 
Leop. Relación estrechísima , Doctor Per-Afan. 
Per. En arreglándolo con su Majestad Vuestra Alteza , dis- 
ponga de Matilde y de mí. 

Leop. Yo salgo á todo. ¿Qué estado convendría más á vues- 
tra sobrina ? 

Per. Si mi voto valiera... Pero Vuestra Alteza puede infor- 
marse mejor de la interesada. 

Leop. Con aquel hábito de la Anunciación , está hecha una 
imagen. 

Per. Por eso dice que no piensa quitárselo nunca. 

Leop. ¡Eso dice? Perfectamente! Bien haya su boca! Y vos 
qué decís? 

Per. Yo... (Aparte. Ésta es la ocasión de agenciarme un 
padrino.) Señor, un palaciego me pidió hace poco la 
mano de Matilde; yo le declaré que estaba en ánimo de 
negársela á todos. 

Leop. No pudierais haber contestado más á mi gusto. 

Per. Vuestra Alteza comprenderá lo que tal contestación 
significa. 

Leop. No es muy difícil. Hoy haré una plática á Matilde so- 
bre ese punto, y espero demostrarle cuál es para ella 
el mejor esposo. 

Per. Cuánta bondad! 

Leop. Maese Per-Afan , yo quiero concluir este asunto con 
gran celeridad y secreto. 

Per. Qué más pudiera desear yo? 

Leop. Esta noche á las diez , sin decir nada á nadie, partiréis 
con Matilde. 

Per. Á Inspruck ? 

Leop. Á Inspruck. Os acompañará uno de mis capellanes que 
os presentará á la Archiduquesa Claudia , y ella pro- 
pia será la madrina. El dote corre por mi cuenta. 

Per. No sé cómo expresar á Vuestra Alteza mi agradeci- 
miento. Capellán , madrina, dote... en todo ha pensa- 
do Vuestra Alteza. 

Leop. Hasta en el convento. 

Per. ¡Convento? 

Leop. Si os es igual, yo preferiría el de la Anunciación. 

Per. Ah! Como lleva Matilde ese hábito, queréis quesea 
allí donde cambie de estado. Bien , lo mismo nos da. 



- IB — 
Leop. Ahí tenéis á vuestra sobrina. Decidle algOj y yo luego 
le diré lo demás. 

ESCENA ¡X. 

Matilde, con hábito de la Anunciación (i). — Per-Afa.\. 

Mvtilde. Ay, señor tío ! ¡qué mal rato os habré hecho pasar con 
la pérdida de vuestro manuscrito ! Lo he sentido más, 
por lo mismo que no os habéis enojado. 

Per. No se enoja ya con Matilde su tio. Demasiado áspero 
fui contigo cuando eras niña. 

Matilde. Díganlo mis orejas. Esta me la despegasteis una vez de 
un tirón. 

Per. Me lo has perdonado, Matilde? 

Matilde. ¡Perdonar? Vos me pedis perdón! 

Per. No viviría si me aborrecieses, Matilde. 

Matilde. ¿Sabéis, tio, que de poco tiempo á esta parle os habéis 
hecho bondadosísimo.'' 

Per Te pesa de ello? 

Matilde. Todo al contrario: necesitaré tantas veces de vuestra 
indulgencia! 

Per. Acaso necesite yo más de la tuya. 

Matilde. ¿De la mia! Por qué? 

Per. Por ocasiones que se ofrecen. Ahora acaba de propo- 
nerme el Archiduque Leopoldo que me vaya contigo al 
Tiro!. 

Matilde. Á qué? 

Per. Á un negocio de estado. Y yo, sin aguardar tu consen- 
timiento, he dicho que iríamos. 

Matilde. Pues, tio, perdonad. Yo no querría salir de Viena. 

Per. Por?... 

Matilde. Por no disgustar á la Archiduquesa. Me quiere en ex- 
tremo; la quiero igualmente ; por ella uso este hábito; 
anda triste desde la muerte de don Baltasar, y se opon- 
dría ú que el Emperador me diese licencia para acom- 
pañaros. 

Per. Si tuviera yo que ausentarme de Viena sin tí, mucho 
lo sentiría un paisano mió. 

U) Hábito pardo, escapulario encarnado, manto y toca blancos, y velo 
negro. 



— 14 — 

Matilde. Quién? 

Per. Un caballero de Madrid, que debes conocer, por escrito 
á lo menos. 

Matilde. ¡Por escrito? 

Per. Durante mi ausencia, y aun después que volví, ¿no has 
recibido algunas cartas que no han venido por el correo? 

Matilde. (Con gran viveza é interés.) Quién me las ha escrito? 
Le conocéis? Decidme todo lo que sepáis. 

Per. Diré cuanto pueda. 

Matilde. Su nombre, tio, su nombre lo primero. 

Per. Él te lo dirá antes que lleguemos á Inspruck. 

Matilde. ¿Él! Va también á Inspruck ese caballero? 

Per. Sí, conmigo. 

Matilde. ¡Con vos? Vaya, pues entonces me dará licencia Su Ma- 
jestad. 

Per. Con que tú deseas conocer á tu amante incógnito? 

Matilde. Si hace ya cinco meses que me está escribiendo terne- 
zas... Aunque no sea más que por curiosidad... ¿Qué es- 
pecie de persona es? 

Per. Persona... de claro linaje... buen sujeto... — -Convenien- 
cias, nada más que medianas. 

Matilde. Y... qué edad?... qué aspecto?.. 

Per. Mediano todo. Si hoy no se ven más que medianías. 

Matilde. Mediana edad... Es decir que la suya... 

Per. Se halla entre la del Archiduque y la de Su Majestad. 

Matilde. El Emperador tiene treinta y ocho años, el Archiduque 
treinta y dos : con que nuestro incógnito contará... 

Per. Treinta y cinco. 

Matilde. Treinta y cinco años... Sí: él ya me previno en su de- 
claración que no era un muchacho... Treinta y cinco 
años... De manera que tiene... los mismos que vos! 

Per. Yo todavía no los he cumplido. 

Matilde. Y él sí? 

Per. Él... tampoco. Lo que tú has dicho, mi propia edad. 

Matilde. Pero decidme, señor tio: siendo ese don... El incógnito 
tendrá don. 

Per. Por supuesto. 

Matilde. Siendo ese don Fulano persona aceptable, ¿por qué no 
se me ha presentado á cara descubierta en vez de es- 
cribirme? 

Per. Eso lo sabrás en Inspruck. Lo que puedo decirte ahora, 
es, que ese hombre, como te ve más joven que él, her- 



- 15 — 

Yftosa, favorita de la Archiduquesa , y en disposición de 
aspirar á un destino brillante; como él es extranjero, y 
no descuella ni por ilustre , ni por buen mozo , ni por 
opulento, ha dicho para sí: «Matilde merece un esposo 
mejor que yo; pero yo la quiero como nadie podrá que- 
rerla ; pongamos por delante mi amor, que es en mí lo 
que vale mucho , y luego se presentará la persona, que 
vale menos.» 

Matilde. Siempre vale algo el que no es presumido. Vos, tio, me 
pintáis al incógnito de manera... En resumen, ¿qué me 
aconsejáis? 

Per. Matilde... yo... — De tu corazón es de quien debes tomar 
consejo. 

Matilde. Doy calabazas al don Fulano? 

Per. Oh! No lo merece. 

Matilde. Un susto pequeño sí le estaría bien empleado. 

Per. Por qué? 

Matilde. Por la zozobra en que me trae tanto tiempo há. Aturdi- 
da , azorada , pensando en él , condené al fuego vues- 
tros comentarios á Séneca. Y luego, cierta dosis de ho- 
nesta esquivez no es mal estímulo para un amante así, 
cachazudo. Decidle que... — Que prefiero á otro sería 
demasiado mentir. — Decidle que tengo mucho cariño á 
este hábito, que quiero ser monja. 

Per. Fuerte pesadumbre le voy á dar. 

Matilde. Componedlo de suerte que no se aflija tanto... y con- 
serve alguna esperanza. Tal vez con el miedo se declare 
antes. 

Per. Ah! Por eso lo haces? 

Matilde. Me parece un medio bastante eficaz. 

Per. Te saldrás al fin con la tuya. El don Fulano tomará la 
venia del Archiduque... 

Matilde. Entiende el Archiduque en este negocio? 
Per. Y te ofrece un buen dote , y ya tiene buscada madrina, 
y hasta el capellán que ha de casarte en la iglesia de la 
Anunciación de Inspruck. 
Matilde. Es bien raro eso en el Archiduque: más suele proteger 
los monjíos que los matrimonios. 



- 16 — 

ESCENA X. 

Fernando. — Per-Afan. Matilde. 

Fern. Dios os guarde, amigos. 

Per. Besamos los pies á Vuestra Cesárea Majestad. 

Fern. Vos , Matilde , y vos también , Maese Per-Afan , podéis 
prestar á mi corona un singular servicio. 

Matilde. Dicte órdenes Vuestra Majestad Imperial á su humilde 
subdita. 

Per. Disponga Vuestra Majestad Imperial de un español agra- 
decido. 

Fern. Vos , por Tenienta de Aya , vos por maestro de mi bija, 
tenéis ascendiente con ella. 

Peí?. Yo, poco; Matilde es quien... 

Fern. Á Matilde me dirijo principalmente. Se trata de casar 
á la Archiduquesa con su tio... vuestro Rey, Doctor 
Per-Afan. 

Per, En efecto , cuando yo salí de Madrid , ya se susurraba 
la boda. 

Fern. Cómo se recibía en España la idea? 

Per. Muy bien, señor, sumamente bien. La Archiduquesa 
es hija de nuestra Infanta doña María , que fué queri- 
dísima de los españoles. 

Fern. Pues, amigos, la Archiduquesa repugna esta boda. 

Matilde. Oh! la Archiduquesita es dócil y obediente. 

Flrn. Hará lo que su padre le mande , sí; pero querría yo 
persuadirla de modo, que obedeciera sin asomo de repug- 
nancia , que se casara de buen grado , con gusto. Que- 
rida Matilde, el Emperador os confiere este encargo. 

Matilde. Honrosísimo es ; impropio , por lo mismo , de mi per- 
sona. 

Fern. Vos sois muy capaz de llevarlo á su término. — Creo 
que mi hermano me busca por esas antecámaras : en- 
tretenedle un momento, don Per-Afan. 

Per. Cabalmente yo tenia que hablar á Su Alteza. (Váse.) 

ESCENA XI. 

Fernando. — Matilde. 

Fern. Matilde , la recompensa de este servicio no desdecirá 
de su magnitud. 



— 17 — 

Matilde. No dudará Vuestra Majestad que profeso el más reve- 
rente amor á la Archiduquesa. Contribuya :yo en algo 
á su bien , y no aspiro á más paga. 

Fern. El amor á la hija debe agradecéroslo el padre. Bella 
Matilde , hay en mi corte quien f suspira en silencio 
por vos. 

Matilde. ¡Por mí? 

Fern. Alguna muestra de su cariño habréis recibido. 

Matilde. Yo... 

Fern. ¿No habéis hoy hallado en vuestro tocador... 

Matilde. Ah ! sí, señor : una joya riquísima. 

Fern. Riquísima ! Es de muy escaso valor para lo que vuestras 
prendas merecen. 

Matilde. ¿No podrá Vuestra Majestad revelarme el nombre de ese 
oculto galán? 

Fern. Él desea con ansia decíroslo, y no tardará. Guardad por 
ahora un impenetrable secreto , y veréis pronto cuan 
digno es de una agradecida correspondencia el vivo y 
tierno amor que habéis inspirado. 

Matilde. No creo que entre la ingratitud en el número de mis de- 
fectos ; la curiosidad , sí. 

Fern. Reprimidla unos pocos dias , unas horas al menos. En- 
tended que hay en Viena quien amenaza perseguir ese 
amor naciente. 

Matilde. Aun no sé si amo, y ya tengo enemigos! Defiéndame 
Vuestra Majestad. 

Fern. Fiad en vuestro amante, fiad en mí.' — El Archiduque! 
Después hablaremos. (Váse.) 

Matilde. Un amante anónimo ! Un enemigo oculto! ¿Quién es el 
uno ? Quién será el otro? 

ESCENA XII. 

Leopoldo.' — Matilde. 

Leop. Matilde, estaréis ya enterada por vuestro tio , de que he 

tomado á mi cuenta el estableceros. 
Matilde. Soy vasalla vuestra de origen, soy vuestra sierva por 

gratitud. 
Leop. Peligráis en este palacio, Matilde, peligráis en Austria. 
Matilde. Lo acabo de saber con asombro. Yo no merezco la per- 

2 



- 48 - 

secucion que se me prepara, yo estoy inocente, yo es- 
toy ignorante de todo. 

Leop. Me consta , y quiero conservar á todo trance vuestra 
inocencia. Partiréis esta noche á Inspruck. 

Matilde. Es que se me ha conferido el encargo... 

Leop. Ya tengo entregada á mi capellán vuestra dote. 

Matilde. Oh, señor!... 

Leop. Mi prima Claudia os servirá de madrina. 

Matilde. Tantas honras á mí!... 

Leop. De aquí á ocho dias seréis monja en el convento de la 
Anunciación. 

Matilde. ¡Monja? Yo monja! ¿No le ha dicho á Vuestra Alteza 
mi tio?... 

Leop. Que amáis ese hábito: ¡feliz noticia para mí, que nece- 
sito colocaros en un monasterio! 

Matilde. Señor Archiduque, mi tio y Su Majestad saben cfue yo 
he principiado á prestar oidos... 

Leop. Á la voz del Señor, sí : perseverad en vuestro santo 
propósito, y absteneos de decir palabra al Emperador : 
vuestro señor natural os lo veda. Hoy la partida; dentro 
de una semana renunciáis al mundo , y evitáis el peli- 
gro que os amenaza. (Váse.) 
Matilde. Dios mió! ¿Qué va á ser de mí! 



FIN DEL ACTO PRIMERO. 



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ACTO SEGUNDO. 



ESCENA PRIMERA. 

La Archiduquesita Mariana y Don Per- Afán , sentados á una 
mesa de estudio. Cünegünda y otras Dueñas , Otilia y otras 
Meninas , haciendo labor junto á la chimenea. 

Per. Principiemos la traducción de Virgilio. 
Mariana. Pero, y Matilde? No acierto á dar lección sin ella. 
Cuneg. Ha dicho que necesitaba presentarse á Su Majestad: 

estará esperando ocasión. 
Mariana. Aquí podia esperar tan bien como en la antecámara de 
mi padre. Se acaban de recibir noticias del ejército, y 
se han encerrado mi padre y mi tio á tratar de la guer- 
ra: me íiguro que no despacharán tan pronto , porque 
eso de matarse los hombres, bien merece pensarse des- 
pacio. 
Per. Y nosotros ? Cuándo pensamos en nuestro latin? 
Mariana. Pensemos ; pero no traduzcamos. 
Per. Cuatro versos no más. 
Mariana. No me gustan los versos latinos. 
Per. Tres líneas en prosa. 

Mariana. La prosa me fastidia. Á mi hermano, que se cria para 
obispo, le aburre el latin : qué me pasará á mí con él? 
Per. Ea , si es un instante. 

M\riana.Doii Per-Afan, si queréis que traduzca ese punto, 
me habéis de enseñar antes una traducción de burlitas. 



— 20 — 

Per. ¿Cómo, de burlas! 

Mariana. Sí , de esas de conservare digneris , conservar el di- 
nero; Deum de Deo, dé donde diere. 
Per. Yaya por Dios ! ¿ Cómo entendéis en su recto sentido la 

cláusula qui temperas rerum vices ? 
Mariana. El qui, según el verbo que le sigue, debe corresponder 
á segunda persona de singular : con que deberá tra- 
ducirse tú que. Temperas, templas. 
Per. Moderas, riges. 
Mariana. Vices , las veces. 
Per. Las vicisitudes, el orden alternado. 

Mariana. Rerum, de las cosas. Tú que riges las vicisitudes 

Per. Del mundo. Pues oid otro género de versión. En un 
pueblo de España tenia cátedra de latinidad un dómine 
muy bondadoso y muy sufrido, contra la costumbre de 
ios gramáticos. Poseia el buen dómine un huerlecillo, 
en medio del cual descollaba un peral corpulento, cuya 
fruta vendimiaban de tal manera los alumnos ciceronia- 
nos, que el pobre maestro no la cataba. Fuese un dia al 
huerto, y sorprendió á todos sus discípulos despojando 
el peral. Sin irritarse , los llamó uno por uno; y reu- 
nidos en su presencia , preguntó al mayor por qué le 
robaban de aquella suerte. «Dómine, respondió sin 
cortedad el muchacho , es que hemos leido en vuestro 
breviario , qui temperas rerum vices. Qui temperas 
quiere decir quiten per as. —Rerum vices , replicó el 
dómine; raras veces , no siempre , no todos ios dias, 
reniego de vosotros ; que no cojo ninguna.» 
Mariana. No gastaba mal genio el tal preceptor. 
Per. Aplicando yo sus palabras al caso presente , rogaré á 
Su Alteza la Archiduquesita Mariana , que pida cuen- 
tecillos á su maestro de latín raras veces, no á cada 
paso, porque se irá en cuentos la hora de estudio. 
Mariana. Dispensadme por hoy; estudiaré mañana doble. 
Per. Cesa aquí por hoy la lección de latín ; pasemos á la de 

castellano. 
Mariana. Para qué quiero aprender ya ese idioma? 
Per. Para entender á vuestros vasallos. 
Mariana. Mis vasallos hablan alemán como yo. 
Per. Los actuales, que os llaman Alteza; ¿no querréis cam- 
biarlos por otros que os den Majestad ? 
Mariana. Si me vais á hablar de eso, prefiero la lección de latin. 



— 21 — 

Per. Leamos unos versos en español. 
Mariana. Queréis que os diga de memoria unos que sé? 
Per. Cuándo los habéis aprendido? 
Mariana. Anoche : son de una comedia. 
Per. Quién os la ha dado , contra las órdenes de Matilde? 
Mariana. Se la dejó ella en mi dormitorio. 
Per. Y qué comedia es ? 

Mariana. Los Amantes de Teruel , compuesta por el Maestro 
Tirso de Molina. Es muy divertida: hace llorar tanto!... 
Per. Buena diversión ! 

Mariana. Hay allí un joven que se marcha á la Morería, y cuan- 
do vuelve, se muere de pena, porque su dama se ha 
casado con otro. El entierro de él pasa por delante de la 
casa en que vive ella , y es á tiempo que la estaban 
peinando. Gomo se oye la bulla, se asoma la criada , y 
vuelve á su ama y le dice...— Veréis qué versos tan 
sentidos ! 
Per. Recitadlos antes que aparezca Matilde. Empezad. 
Mariana. (Declamando.) Ponle á la ventana, 

y asida á la reja, 

verás con asombro 

la villa revuelta. 

Campanas que doblan, 

á todos inquietan 

de muros adentro, 

de fosos afuera. 

Cuadrillas, formadas 

en calles diversas, 

corriendo por otras, 

ocupan la nuestra. 

Piadosos vecinos 

que arrastran bayetas, 

bañados los ojos, 

caminan por ella. 

En muchos balcones 

arrancan de pena 

sus rubios cabellos 

hidalgas doncellas. 

Matronas y ancianos 

con lágrimas tiernas 

la ropa de luto 

salpican de perlas. 



Óyense suspiros 
que el aire penetran: 
el eco doliente 
suspira en respuesta. 
En son destemplado 
tambores resuenan, 
pausado quejido, 
clamor de la guerra. 
Detras de ellos viene 
la gente de Iglesia 
con capas de coro 
y fúnebre cera: 
los golpes de caja 
y el canto de exequias 
mezclados infunden 
extraña tristeza. 
Después , más abajo, 
se ven por la tierra 
de moros vencidos 
rasgadas banderas; 
y en hombros de nobles 
un féretro asienta, 
y en él va un guerrero 
con palma en la diestra. 
Lanzando alaridos 
el pueblo le cerca: 
su gloria le llaman, 
sin gloria se quedan. 
Ya dicen las voces 
que el féretro llega, 
y el alma te dice 
quién es el que entierran. 

ESCENA II 

Matilde. — Mariana. Per-Afan. Cunegunda. Otilia. Meninas. 
Dueñas. 

Matilde. Muy bien, señora Archiduquesa! muy bien! ¡Lindo mo- 
do de aprovechar el tiempo! 
Mariana. Ay , Matilde ! Perdóname. 
Matilde. Leer un libro que yo no os he dado! una farsa! Ni puedo 



- 23 - 

perdonároslo á vos , ni á este señor maestro que no os 
lo reprenda. 

Per. Yo te ruego por mi discípula. 

Matilde. Rogáis en vano : y os advierto que no debéis tutearme 
como á sobrina cuando hablo como Tenienta de Aya de 
Su Alteza Imperial. 

Per. Se os complacerá, señora Tenienta. 

Matilde. (A Mariana.) Iréis á vuestro cuarto y estudiaréis una 
hora más de latin. 

Mariana. No ! tanto no! 

Matilde. Estudiaréis hincada de rodillas. 

Mariana. Por Dios! 

Matilde. Y sin almohadón. 

Mariana. Con qué humor vienes! 

Matilde. {A las meninas y dueñas.) Acompañad á la Archidu- 
quesa por espacio de una... por espacio de media hora. 

Mariana. (Aparte á Otilia.) Ya ha habido rebaja. 

Otilia. (Aparte á la Archiduquesa.) Serán quince minutos. 
(Vánse la Archiduquesa , Cunegunda , Otilia , las me- 
ninas y las dueñas.) 

ESCENA HE. 

Matilde . — Per- Afán . 

Per. Sabes que dice bien tu discípula? que traes un humor 
insufrible? 

Matilde. Sabéis lo que el Archiduque me ha dicho? 

Per. Que te casa y te dota, supongo yo. 

Matilde. Si está empeñado en que he de ser monja! 

Per. ¡Monja? 

Matilde. De este hábito : para eso quiere sacarme esta noche de 
Viena. Porque no estoy bien aquí, porque me persiguen. 
Y el Emperador me habia dicho antes lo mismo. 

Per. También quiere ahuyentarnos de Viena el Emperador? 

Matilde. Él , creo que no, porque me encargó delante de vos que 
procurase reducir á la Archiduquesa á casar con su tio. 
Confusa con tales contradicciones, he querido verme con 
Su Majestad Imperial, y no ha sido posible: de modo que 
estoy fuera de mí. Yo quise dar un susto á ese don Fu- 
lano con lo de mi supuesto monjío; pero el chascóse 
vuelve contra mí propia , se convierte en verdad. 



- 24 — 

Per. No será tal, si Dios me da vida. Tú monja! ¡Bien que- 
daba entonces tu oculto amante! 

Matilde. ¿Cuánto va á que todo este embrollo nace de algún de- 
satino, hecho á medias entre vos y él? Porque vos, tio, 
¡me habéis dado tantas pesadumbres desde la hora fatal 
en que os conocí! 

Per. ¡Fatal consideras aquella hora? ¿Estás cierta de que has 
llegado á conocer bien á tu pobre tio! 

Matilde. Á otro me importa conocer más que á vos: y en verdad 
que no se comprende qué motivo justo hay para tanto 
misterio. El hombre de bien, el que lícitamente puede 
pretender á una dama, no niega su nombre. Ahora mismo 
vais á decirme el de mi galán incógnito, que, á pesar de 
su elocuencia epistolar, ya me tiene harta, sin haberle 
visto ni oído. 

Per. Matilde... 

Matilde. Nada, nada, en este instante me lo vais á decir. 

ESCENA IV 

Leopoldo. — Matilde. Per-Afan. 

Leop. Matilde , he sabido que habéis solicitado con gran em- 
peño hablar á Su Majestad imperial. No sería para con- 
tarle lo que hemos tratado. 

Per. Señor Archiduque, nosotros quisiéramos... 

Matilde. Señor Archiduque, no debo mentir. Vuestra Alteza me 
honra con favores que yo no merezco: la perfección del 
estado religioso no es para mí. 

Leop. ¿No! Pues yo os lo propuse, porque me dio su aproba- 
ción vuestro tio. 

Matilde. ¡Mi tio? Para mí siempre vienen los azares por su con- 
ducto. 

Per. Señor, Vuestra Alteza me dijo, que sería conveniente 
dar estado á Matilde : me habló de dote, de esposo... Yo 
me figuré que Vuestra Alteza pensaba casarla. 

Leop. Si me asegurasteis que Matilde no querría despojarse 
nunca de ese hábito. 

Per. Yo lo dije, sin intención, porque se lo había oido á ella. 

Matilde. Yo lo he dicho, porque mi anónimo me escribió en una 
de sus cartas, que era el traje que me estaba mejor. 

Leop. ¿Cartas os ha escrito ya vuestro amante! 



— 25 — 

Matilde. Muchas. Vuestra Alteza lo ignora? 

Per. Y por qué lo habia de saber el señor Archiduque? 

Leop. No estoy yo tan á oscuras del tal galanteo, Doctor Per- 
Afan. (A Matilde.) Pero yo entendia que solo os habia 
enviado una joya. 

Per. ¡Una joya? Qué joya has recibido, Matilde? 

Matilde. Esta que veis. (Mostrándola.) 

Per. Esta! Yo no la conozco. Y es de gran coste. ¿Quién la pu- 
so en tus manos? 

Matilde. Hoy me la he encontrado en un cofrecillo que hay en- 
cima de mi tocador. 

Per. Matilde, el que te ha dirigido las cartas, no te ha regalado 
esta joya. 

Leop. Pues el que le regala esa joya> todavía no le ha escrito 
una línea. 

Per. Yo no conozco á ese hombre. 

Leop. Ni yo á ese otro. 

Matilde. De manera que según averiguo... 

Leop. Tenéis dos amantes. 

Matilde. De los cuales al uno conoce mi tio, al otro Vuestra Al- 
teza, y yo á ninguno. 

Per. No debe quedarse Matilde para monja con dos preten- 
dientes. 

Leop. Pues el que yo conozco no ha de ser su marido. 

Matilde. (Aparte.) Si será el mejor? 

Leop. Por eso quería yo trasladaros á Inspruck. (^4 don Per— 
Afán.) Quién es el que vos conocéis? 

Matilde. Decidlo por fin. 

Per. Á Matilde , no puedo. 

Leop. Y á mí, podéis confiármelo? 

Per. Sin la menor dificultad. (Aparte á Leopoldo.) Señor 
Archiduque, el de las cartas soy yo. 

Leop. (Aparte á don Per-Afan.) Vos! Me alegro mucho. Con- 
tad conmigo. 

Per. (Aparte al Archiduque.) Quién es el de la joya? 

M\tilde. (Anunciando.) Señores, el Emperador. 

Leop. (Aparte á don Per-Afan.) Matilde os lo ha dicho. 

Per. Ah! 

Leop. No iréis al convento, Matilde. 

Mvtilde. (Aparte. Respiremos.) Voy á indultar á la pobre Archi- 
duquesita. (Vdse.) 



- 26 - 

ESCENA V. 

Fernando. — Leopoldo. Per-Afan. 

Fern. Doctor Per- Afán, mi Director de minas, el Conde de Russ, 
me escribe desde Praga una nueva importante. Parece 
que un desconocido, vascongado según las señas , ha 
descubierto la verdadera piedra filosofal. 
Leop. Da el Conde crédito á esas patrañas? 

Fern. Me dice que el desconocido le ha proporcionado unos 
polvos de color de púrpura , con los cuales el azogue se 
convierte en oro purísimo. 

Leop. Haz venir á Viena á ese español. 

Fern. Se marchó ya de Praga, y no se sabe su paradero. Pero 
ha dejado al Conde una especie de instrucción ó receta 
para obtener esos polvos purpúreos, receta de que no 
puede el Conde servirse , por estar escrita en vascuen- 
ce. Como vos, Doctor Per-Afan, sabéis ese idioma... 

Per. Yo traduciré la instrucción , al momento que Vuestra 
Majestad Imperial se sirva entregármela. 

Fern.; No quisiera enviarla el Conde , sino que se la tra- 
dujeran allí. Me haréis , pues , el favor de pasar á 
Praga... 

Per. ¡Á Praga? 

Fern. Poniéndoos esta tarde en camino , ó mañana temprano. 

Per. Señor... 

Leop. (Aparte.) Quiere separar al tio de la sobrina. 

Fern. Ño doy entera fe al aviso del Conde ; pero , en con- 
ciencia , tampoco debo desatenderle. La guerra tiene 
mi tesoro agotado ; si por ese medio pudiera librar á 
mis vasallos de algunos gravámenes, favor les baria. 
Conviene , amigo Doctor , salir sin tardanza. 

Per. (Aparte.) Abandonar á Matilde ahora! 

Leop. Yo daré lección á mi sobrina , don Per-Afan. (Con in- 
tención.) Yo supliré por vos en cuanto fuere necesario. 

Per. Deberé á Vuestra Alteza una inestimable merced. 

Fern. Preparad vuestro viaje. 

Per. Obedezco á Vuestra Majestad Imperial. (Váse.) 



— 27 — 

ESCENA VI» 

Fernando. Leopoldo. 

Fern. Leopoldo, tu partida tampoco podrá diferirse: los fran- 
ceses y los suecos toman otra vez la ofensiva. (Da un 
pliego al Archiduque.) Lee ese nuevo parte recien 
llegado. 

Leop. (Leyendo.) «Turena avanza contra Munich... "Vrangel 
saquea la Bohemia...»— Tienes razón, Fernando: no es- 
pero más. Con las fuerzas y provisiones que hay reuni- 
das, marcho mañana ; tú enviarás el resto. 

Fern. Iré yo con él. 

Leop. (Aparte.) La defensa de Munich importa más que la de 
Matilde. (Váse.) 

ESCENA Vil. 

Matilde.— Fernando. 

Fern. Matilde , la guerra separará de vos dentro de poco al 

amante por quien me intereso. 
Matilde. (En tono supositivo.) Vuestra Majestad se interesa por 

el de la joya. 
Fern. Pues ¿qué! tenéis olro? 
Matilde. Ahora acabo de averiguarlo. 
Fern. Y quién es el audaz que compite?... 
Matilde. Parece que es un paisano de mi tio. Él le conoce ; pero 

yo solamente conozco su letra. 
Fern. Os ha escrito? 
Matilde. Una porción de cartas en español. 
Fern. Y el buen don Per-Afan protege á ese amante? 
Matilde. Con mucho empeño. 
Fern. Sin deciros su nombre? 
Matilde. Sin declarármelo, por más que le ruego , cosa que me 

desagrada bastante. 
Fern. Para no disgustaros, no imitaré yo su reserva. ¿Queréis 

ver esta noche á mi protegido ? 
Matilde. Verla... Dónde? 
Fern. Donde no sea visto sino de vos. En vuestra habitación. 



- 28 — 

Matilde. Mi habitación se cierra, y mi tio recoge las llaves. 
Fern. No duerme el Doctor esta noche en Viena : saldrá luego 

á Praga. 
Matilde. Yo no puedo recibir á solas á un hombre. 
Fern. Le recibiréis en presencia mia. 
Matilde. Á qué hora? 
Fern. Á las doce. 

Matilde. ¿Me responde Vuestra Majestad Imperial de que no ar- 
riesgo nada en esa entrevista? 
Fern. Qué peligro podéis correr que yo no repare? 
Matilde. No acierto á librarme de una dolorosa inquietud. Si mi 
tio se ausenta, quedo yo sin custodia: sírvame de es- 
cudo , sírvame de padre Vuestra Majestad Imperial. 
Fern. ¿Nace ese temor de que os inclináis con preferencia al 

galán extranjero? 
Matilde. No, señor; el ser amigo de mi tio no es una recomenda- 
ción para mí: puede parecérsele , y tengo muy presen- 
te cómo me trataba de niña. Además, por lo mismo que 
el señor Archiduque se opone á que el galán de la joya 
sea mi marido... 
Fern. Conoce mi hermano al galán de la joya? 
Matilde. Tanto, que para impedir nuestra unión, quería sacarme 

de Viena esta noche. 
Fern. ¡Esa estratagema disponia mi Generalísimo? 
Matilde. Y enviarme á Inspruck, y colocarme de religiosa en el 

convento de la Anunciación. 
Fern. ¡Vos religiosa sin mi permiso? 
Matilde. Pero Su Alteza abandonó ya su proyecto: por eso no 

reparo en dar cuenta á Vuestra Cesárea Majestad. 
Fern. Ved si os anuncié yo con razón que amenazaban perse- 
cuciones á vuestro amante. 
Matilde. Es lo que me inclina á decidirme por él. 

ESCENA VIII. 

Mariana. —Fernando. Matilde. 

Mariana. Señor padre... — Llego ámal tiempo? 

Fern. No, hija mia, de ningún modo. 

Mariana. No quisiera que Matilde me penitenciara hoy otra vez. 

Fern. Te ha castigado? 

Matilde. Muy levemente : un rato más de estudio. 

Mariana. Arrodilladita en el suelo. 



— 29 ~ 

Fern. Trata de tener contenta á Matilde ; hoy te lo encargo 

muy especialmente. 
Mariana. Por qué? 
Fern. Porque si tú la enojas, puede ella luego enojarse con 

otro. Adiós. ( Váse.) 

ESCENA BX. 

Mariana. Matilde. 

Mariana. Enojarse con otro! Y qué otro es ese? ¿Tu criado Claus, 
por ventura? ¡Gran sujeto para que se desvele por él un 
Emperador! 
Matilde. ¿Burloncilla va haciéndoseme Vuestra Alteza! 
Mariana. Un poquito no es grave pecado : así me ha dicho mi con- 
fesor, el padre Everardo Nithard. 
Matilde. Servios de sentaros aquí. 
Mariana. Para qué? 

Matilde. Para arreglaros un poco e¡ tocado : le tenéis descom- 
puesto. 
Mariana. Ab! sí; que lo haces á las- mil maravillas. No hay dama 
en palacio que se peine tan bien como tú. (Se sienta en 
un sitial, y Matilde, arrodillándose sobre un almoha- 
dón, arregla á Mariana el prendido y la ropa.) 
Matilde. Ya habré perdido la habilidad : mi tocado , abora, poco 

tiene que hacer. 
Mariana. Para dos años va que vistes el hábito , y eso que sola- 
mente le ofreciste por uno. 
Matilde. Os acordáis aún de vuestra dolencia? 
Mariana. Ay! qué dias! qué dolor de cabeza! qué desvarío! ¡qué 
angustia , y qué sed ! Abrí una vez los ojos con tanto 
trabajo ! miré á un Jado y otro ; me vi tan sola! 
Matilde. ¡Sola , decís? 

Mariana. Sola contigo. Tú estabas de rodillas á los pies de la ca- 
ma con las manos juntas, ocultando la cara contra la 
colcha para que no te viese llorar. Te pregunté qué ha- 
cías, y me respondiste que un voto para que me restitu- 
yera Dios la salud. 
Matilde. Bien empleado fué : sea bendita la divina misericordia! 
Mariana. Á las veinticuatro horas que ya estaba yo buena! Con 
un brio , con un apetito!... Me tenían á dieta, y tú me 
traías de tapadillo conservas de España. 



— 30 - 

Matilde. (Aparte. Esta es la coyuntura.) Vienen de allá cosas 
que os gustan mucho. 

Mariana. Como no las tenemos aquí... Melones, tomates, pimien- 
tos, granadas, limones, naranjas... — naranjas, sobre 
todo. Las naranjas deben ser Jas manzanas de oro de 
las Hespérides. 

Matilde. Si vais por Valencia, veréis campos dilatadísimos cu- 
biertos de azahar. 

Mariana. Valencia... De Valencia se va á Madrid. ¿Me preparas el 
sermón que oigo á todos? 

Matilde. No , señora , no. Su Majestad Cesárea quería que me 
valiese de todos los recursos posibles para decidiros á 
ser esposa de vuestro tio ; yo hubiera podido rogároslo 
echada á vuestros pies ; hubiera podido recordaros que 
me prometisteis, cuando tomé este hábito, concederme 
una gracia ; pudiera pediros que la gracia fuese admitir 
la corona de España y sus Indias; pero yo, fuera de lo 
concerniente al cargo de Aya, no pienso molestaros con 
súplicas ni dirigiros amonestaciones. 

Mariana. No querrás dirigírmelas; pero por sí ó por nó , me echas 
en cara lo que hiciste por mí , reclamas lo que te he 
prometido , y te me pones ahí de rodillas á más. 

Matilde. Para serviros de camarera. 

Mariana. Sí, para engatusarme. Pues aunque beses la tierra que 
piso, nada conseguirás. (Se levanta.) 

Matilde. Lo que yo quisiera conseguir es que me escuchaseis 
tranquila , y si para ello es preciso que ponga los labios 
en el suelo... 

Mariana. Con esas marrullerías , haces de mí lo que se te an- 
toja. Vamos, levántate. Hazme el favor de levantarte, 
mujer. 

Matilde. Dadme primero á besar vuestra mano. 

Mariana. Si tienes licencia de rni padre para besarme aquí. (Le 
présenla la mejilla.) Siéntate. Siéntate. (Siéntase la 
Archiduquesa en el sitial y Matilde en un almohadón 
largo, donde apoya los pies Mariana.) Vamos , ¿qué 
tienes que decirme? 

Matilde. Ya sabéis que yo todavía no os he hablado palabra 
acerca del matrimonio que se os ofrece. 

Mariana. Es verdad. 

Matilde. Yo os quiero entrañablemente... y desearía que (fuera 
con quien fuese) os casarais á gusto. 



— 3! — 

Mariana. Con mi tio no puede ser. 

Matilde. En buen hora. Manifestadme las razones en que os 
fundáis para desdeñar ese enlace, y yo se las haré 
presentes al Emperador, á ver si logro que no os im- 
portunen. 
Mariana. Te encargas tú de eso? 
Matilde. Si os he dicho que huyo de contrariar vuestro libre al- 

bedrío. 
Mariana. Ahora veo que me quieres de veras. Necesito regalarte 

mi joya mejor. 
Matilde. Tenéis tan poquitas! 

Mariana. Sí : con estos veintiocho años de guerra, el Sacro Ro- 
mano Imperio está pobre. 
Matilde. Gomo no poseemos Indias, que envíen galeones car- 
gados de oro... 
Mariana. Ay!— Mucho puede gastar, mucho bien puede hacer 

una Reina de España. 
Matilde. Con lo que ha invertido Felipe IV en fiestas de ca- 
ñas, comedias y toros, para distraer á su esposa , tal 
vez se sostendría uno de nuestros ejércitos. 
Mariana. Cañas , comedias, toros... — La función de toros debe 

ser brillantísima. 
Matilde. Admirable, señora. 

Mariana. Y la comedia? Ven las Reinas de España comedias? 
Matilde. Tiene el Rey teatro en palacio. 
Mariana. Cómo me divertirían á mí las comedias de España! Po- 
cas he leido; pero... 
Matilde. Una vez que habéis empezado, gracias á mi descuido, 
yo os proporcionaré las mejores. Pero hay otro espec- 
táculo más magnífico aún que la comedia en España: 
ya os he hablado de él. 
Mariana. Sí, los autos sacramentales que representan en el dia 

del Corpus. 
Matilde. Como aquello no hay nada en el mundo. 
Mariana. Si pudiera verlos yo, sin ir por allá... 
Matilde. Qué lujo se ostenta en Madrid aquel dia! 
Mariana. ¡Lástima es que hayan prohibido á las damas usar guar- 
dainfante ! Me gustada á mí tanto ir hecha una campa- 
na , con un guardainfante de seis varas de ruedo, y 
unos chapines de un palmo de altura! 
Matilde. Bien agradecerían las madrileñas que se restableciese 
esa moda. 



- 32 — 

Mariana, ¿Sí! 

Matilde. Las españolas generalmente no son muy altas : por eso 
les gustan los chapines de gran ponleví. 

Mariana. Aquí me hacéis llevar unos zapatillos tan bajos... Ten- 
taciones me dan... No, no : tente, lengua. 

Matilde. Pero, señora, vamos á cuentas. Si os gustan los dulces 
de España, las naranjas, las comedias, los toros , los 
guardainfantes, los tacones y los patacones de España, 
por qué no sois Reina de allí? 

Mariana. Toma! Porque no es Rey aquel. (Señalando el retrato 
de don Baltasar.) Di tú que mi primo viviera... 

Matilde. Dios no lo ha querido... probablemente por vuestro 
bien. 

Mariana. ¡Por mi bien, quitarme un esposo tan guapo y tan 
bueno! 

Matilde. Un ángel era en cuerpo y en alma; pero ¿y si no os 
hubiera querido gran cosa? 

Mariana. Por qué no habia de quererme? 

Matilde. Os tenéis vos por tan buena como él? 

Mariana. Tan mala soy? 

Matilde. Os lo voy á decir muy bajito. Pecáis algo de ambicio- 
silla, de atolondrada y caprichosa, de vana y terca. 

Mariana. Echa más! 

Matilde. Los maridos perfectos no suelen ser los más cariñosos. 

Mariana. Pues con todas mis imperfecciones , tú bien me quieres. 

Matilde. Primeramente, yo ni soy marido, ni soy una santa; en 
segundo lugar, yo os regaño, os amenazo, os castigo, os 
hago llorar con frecuencia : ¿gustaríais mucho de un 
esposo por el estilo? 

Mariana. Huy! Ni por pienso. 

Matilde. Don Felipe adoraría en vos, porque (perdóneme su au- 
sencia) valéis más que él. 

Mariana. Cuarenta y un años, y dos hijos, Matilde! 

Matiide. El hijo no vive con el padre ; la Infanta es una niña de 
ocho años. 

Mariana. Pero el Rey es un niño de cuarenta y uno! tres más 
que mi padre! Cuarenta y uno don Felipe , y yo doce! 

Matilde. Eh! Se hacen tantos matrimonios así!... 

Mariana. Yo no he visto ninguno. 

Matilde. Yo sí, varios. 

Mariana. Dónde? 

Matilde. En España y en Alemania. 



— 33 — 

Mariana. Y qué tal se llevan? 

Matilde. Tan lindamente. Como él sea hombre de bien, y ella 

mujer honrada, poco importa la diferencia de edad. 
Mariana. Pero esas mujeres quizá se habrán casado por su gusto 
con hombres mayores, y yo no acabo de resolverme á ... 
Matilde. También una princesa tiene ciertas obligaciones, de 
que está libre cualquiera dama particular. Como una 
corona vale mucho, natural es que, á proporción, cues- 
te algo. 
Mariana. Si yo viese un ejemplo feliz de lo que me dices... 
Matilde. Qué ejemplo quisierais? 

Mariana. Si yo viese que á una joven le proponían que se casara 

con un viejo, y ella obedecía sin gran repugnancia, y no 

vivia triste con tal marido, puede que entonces... 

Matilde. En dos años ó más , hasta que tengáis de catorce á 

quince , no ha de efectuarse vuestro matrimonio: tiempo 

os queda para observar alguno de tio formal y sobrina 

muchacha. 

Mariana. Los quisiera yo tener á mi lado, para ver lo que les 

pasaba. 

Matilde. No habría dificultad en traeros á palacio una pareja así. 

Mariana. Y si me engañaban? Era menester que presenciase yo 

la proposición de boda , para que advirtiera si la novia 

torcía el gesto; era menester cogerla descuidada; que le 

hiciese la propuesta yo misma. 

Matilde. Vos daréis estado á vuestras damas, andando el tiempo: 

se os pudiera ya permitir que establecieseis una. 
Mariana. No quisiera yo casar dama, sino menina. 
Matilde. ¿Menina! 
Mariana. Tú eres mi predilecta, Matilde. Cásate con tu tio, y me 

caso yo con el Rey de España. (Se levanta.) 
Matilde. Señora!... 

Mariana. Nada, está dicho. Compláceme tú, y obedeceré yo dó- 
cilmente á mi padre. Tú me has enseñado á soltera, 
enséñame también á casada. 
Matilde. Archiduquesa, reflexionad... 

Mariana. Y mira que sales mucho mejor librada que yo. Quince 
años te lleva el Doctor Per-Afan: don Felipe me lleva á 
mí cerca del doble. 
Matilde. Bien, pero... 

Mariana. Y no has tenido un novio como ese. (Señalando el 
retrato.) 

3 



— 34 — 

Matilde. No obstante... 

Mariana. Y como , á pesar de tu hábito, no manifiestas vocación 
de convento...' — Bien que si tratas de meterte monja, 
no insisto en la idea. Ó monja, ó doña con don Per-Afan. 

Matilde. Esa idea es un capricho extravagante, como ios que os 
tengo reprendidos mil veces. 

Mariana. Yo soy terca si doy en uno, tú misma lo has dicho, y 
en este no cedo. Yo se lo diré á mi padre y á mi tio y á 
mi confesor y al Arzobispo de Praga y al ministro Conde 
de Kevenhüller, y al Embajador mismo de España, Du- 
que de Terranova. Veremos si les parece bien que una 
maestra se niegue á dar á su discípula lección de obe- 
diencia. 

Matilde. Sosegaos, ilustre discípula: servios de atender á una ob- 
servación. El proyecto de casaros y el de casarme no 
corren iguales. Vuestro tio, el Monarca español, preten- 
de vuestra mano; mi tio, el Doctor, no apetece la mia. 

Mariana. Ay! es verdad. Mujer, no se me habia ocurrido tal cosa. 
Tienes mil razones. 

Matilde. Si mi tio tratara de casarse conmigo... 

Mariana. Vuelvo á decir que tienes razón, y que soy una loca. 
Pero aguarda; que ahora me acuerdo... Mi tio don Fe- 
lipe nos ha escrito que sus ministros y su Consejo y sus 
Cortes y el bien de su Reino le han aconsejado que se 
case con su sobrina ; yo, por bien tuyo y mió, por el 
interés común de Alemania y España, voy á aconsejar 
á don Per-Afan que te ofrezca su docta mano. 

Matilde. Si no querrá. 

Mariana. Lo veremos. (Llamando ) Otilia! 

Matilde. (Aparte.) No deja de inquietarme... Pero mi tio, que 
favorece al incógnito de las cartas, no ha de prestarse... 

ESCENA X. 

Otilia. — Mariana. Matilde. 

Otilia. Qué manda Vuestra Alteza? 

Mariana. (A Otilia.) Á don Per-Afan, que venga corriendo. (Vá- 
se Otilia.) Si él se niega, no insistiré ; ya sé yo que á 
los hombres no se les casa tan fácilmente contra su gus- 
to : esa y otras distinciones por el estilo quedan reser- 
vadas para nosotras. 



- 36 — 

ESCENA XI 

Per-Afan. Otilia. — Mariana. Matilde. 

Per. Señora Archiduquesa , cabalmente venia yo en busca 

de Matilde, cuando salia de aquí la señora Otilia. 
Mariana. ¡La buscabais, eh? Me parece de buen agüero que la 
buscaseis. (Váse Otilia.) Don Per-Afan, áver: con- 
testadme con sinceridad á una pregunta. 
Per. Señora, decid. 

Mariana. (A Matilde. No vale hacer señas , cuidado!) La pre- 
gunta es muy breve. (A Matilde.) Baje la desver- 
gonzada esos ojos. Las doncellas no han de mirar al 
novio, sino al santo suelo. 
Per. ¿Quién es el novio de mi sobrina! 
Mariana. Su tio, si él quiere. Yo os propongo que os caséis con 
Matilde, y os aviso que por ella no habrá inconveniente. 
Matilde. (A su tio.) Vos ya sabéis... 

Mariana. Silencio, niña!— Declarad si os acomoda el partido. 
Per. Señora, yo, verdaderamente, no soy digno de tanta 

dicha... 
Matilde. Ya veis que mi tio rehusa, me da calabazas. 
Per. Todo al contrario. Conozco mi falta de méritos; pero 
cuando la fortuna me hace hallar un tesoro, ¿debo rehu- 
sarlo? 
Mariana. Estás de enhorabuena, Matilde. Quedaos con vuestro 
hallazgo, Doctor: voy á dar cuenta á mi padre y á mi 
tio, para que os lo adjudiquen delinitivamente. Adiós, 
tesoro, adiós. (Fase.) 

ESCENA XII. 

Per-Afan. Matilde. 

Matilde. Pero, tio, el Señor os ha dejado á vos de su mano. 

Per. Por qué? Porque no rechazo la tuya? 

Matilde. No la destinabais al anónimo de las cartas? 

Per. No me quejaré yo si se la concedes: entonces yo lo ar- 
reglaré con su Alteza. 

Matilde. No, señor; no, señor : vuestro paisano vendrá á ser un 
español como vos... 



— 36 — 

Per. Nos parecemos alguna cosa. 

Matilde. Pues no quiero esposo que se os parezca. 

Per. Como tienes un galán que te regala joyas riquísimas.. . 

Matilde. Á ese prefiero: segura estoy de que si le conocierais, 
me confesaríais que aventaja en todo á vuestro paisano. 

Per. Sé que le excede en mucho; pero en todo no es fácil. 

Matilde. No digo? Será más ilustre. 

Per. Sí , algo más, 

Matilde. Y más rico. 

Per. También. 

Matilde. Bastante más joven. 

Per. No, algo menos. 

Matilde. Más afectuoso, más amante. 

Per. Eso queda por ver. 

Matilde. En íin , mucho mejor para mí. 

Per. Infinitamente mejor... si se casa'contigo. 

Matilde. Él se vale del Emperador, y Su Majestad Imperial quie- 
re esta boda. 

Per. Y el Archiduque la contraría. Deja que se anuncie la 
nuestra, y verás como se apresura á declararte sus in- 
tenciones. Juzga entonces y elige. 

ESCENA XW 

Fernando. Leopoldo. — Matilde. Per-Afan. 

Fern. Cómo he de acceder yo á un capricho de niña? 

Leop. Para mí es un caso providencial. — Matilde, la boda que 
os propone la Archiduquesa , merece mi aprobación 
completísima: corre á mi cargo solicitar la dispensa 
de Roma. 

Matilde. Si piensa Su Majestad ImperiaPcomo que Vuestra Al- 
teza... 

Fern. Sin ofensa de vuestro tio, mi pensamiento se diferen- 
cia del de mi hermano. 

Leop. Reflexiona que será para tu hija un espectáculo muy 
ejemplar y delicioso el de un matrimonio feliz , arregla- 
do por ella.— Tenéis que casaros, para que ella case con 
nuestro pariente y natural aliado, el Bey don Felipe; te- 
neis que amaros, para que Matilde cobre amor á su 
novio. 

Per. Vuestra Majestad y Vuestra Alloza ¿me permiten ma- 



- 37 - 

nifestar mi humilde opinión? 

ÍZ |Hab.ad. 

Matilde. Tío... 

Per. Ese capricho de la Archiduquesita pudiera pasársele 
en muy pocos dias. Entre tanto que dura , ¿no podría- 
mos contentar á mi señora la Archiduquesa con una 
farsa? 
Los tres. Cómo? 

Per. Declarando Matilde y yo que estábamos dispuestos á 
complacerla. 

Leop. No me parece mal. 

Matilde. Pero... 

Per. Pero sin obligarnos formalmente á nada. Yo haria el 
papel de galán respetuoso, Matilde el de vasalla dócil, 
ó si no, el de víctima resignada ; satisfecha la Archidu- 
quesita , prestaría el consentimiento que se desea ; y 
Matilde casaría por último con quien , atendidas las 
circunstancias, obtuviese el permiso de Su Majestad 
Imperial. 

Leop. Excelente proyecto , Doctor! 

Fern. Si no lo desaprueba Matilde... 

Matilde. Con mi tio, no corro peligro de enamorarme. Por ver 
cómo se ingenia para el galanteo , porque me pague las 
rabietas que me hizo pasar cuando niña, consiento en 
la farsa. 

Fern. (Aparte.) Mujer al fin. 

Leop. No hay más arbitrio que dar tu beneplácito. 

Fern. Bien, estoy conforme. 

Per. Vuestra Majestad, en este supuesto, me relevará del 
encargo que me fué conferido. No me parece ahora 
oportuno alejarme hasta Praga. 

Leop. Oh! no. Si habéis de obsequiar á Matilde , y Mariana ha 
de verlo , necesitáis permanecer ^en Palacio. Nosotros 
partimos , y vos os quedáis. 

Ferx. Pero el bien parecer exige que , declarados novios Ma- 
tilde y su tio, cesen de habitar en un mismo cuarto. 

Matilde. Seguramente: es uso común, que no podemos quebran- 
tar sin escándalo. 

Leop. Pasaos á mi habitación, Doctor Per-Afan. 

Per. Miles de gracias. 

Leop. Y dejad vos el hábito desde luego, Matilde. 



— 38 - 



ESCENA XIV. 

Mariana. Damas. Caballeros. — Fernando. Leopoldo. Matilde. 
Per -Afán. 

Mariana. (Á la comitiva que trae. Oís io del hábito? Eso es que 
mi lio aprueba desde luego la boda.) Traigo á estos 
poquitos señores , para que delante de ellos otorguen 
mis novios la promesa recíproca de esponsales. 

Leop. En efecto, hemos consentido en lo que deseas, Ma- 
riana. 

Mariana. Yo soy tu madrina, Matilde: pediré en tu nombre la li- 
cencia, según costumbre. {La coge de la mano.) 

Per. Primero á su señor natural, el señor Archiduque. 

Mariana. Ven. (Matilde se arrodilla ante el Archiduque.) Tio 
y señor, Leopoldo Guillermo, Archiduque de Aus- 
tria, Obispo de Passaw, de Estrasburgo, de Hallerstadt, 
de Olmutz y Breslaw, Maestre de la Orden Teutónica, 
Abad de Murbach, Gobernador y Generalísimo, etc., etc., 
¿concedéis vuestra venia á Matilde Ochsenaugen , para 
dar la mano á su tio el Doctor don Pedro-Afan de Ribera? 

Leop. Alzad, Matilde. El Señor os haga dichosa con el esposo 
que os conviene. (Besa Matilde la mano al Archidu- 
que, y se levanta.) 

Mariana. Ahora, al amo. (Se arrodilla Matilde ante el Empera- 
dor.) Padre, y Emperador siempre Augusto, ¿permitís 
á mi Tenienta de Aya que se case... como yo quiero? 

Fern. Matilde, haced la dicha de quien os ama. (Matilde 
besa la mano al Emperador, el cual la levanta y le 
dice aparte:) Esperadme á las doce. 

Mariana. Pregunto: ¿debe también pedir licencia á su tio para 
casarse con él? 

Per. No, á su tio toca arrojarse á vuestros pies y á los de 
Matilde. 

Mariana. Más arriba, á sus brazos. 

Per. (Aparte.) No la arrancará de ellos el poder del mundo. 

Mariana. (Á Matilde.) Como tú he de ser yo : vamos á ver qué 
ejemplo me das. 

FJN DEL ACTO SEGUNDO. 



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ACTO TERCERO. 



Habitación de Matilde. En el fondo, un balcón interior con celo- 
sías y cortinajes, correspondiente á otro cuerpo de la misma 
habitación, más alto de piso. Dos puertas á la derecha del 
espectador: una da paso al cuarto de la Archiduquesita, otra 
al de Per-Afan. En el costado izquierdo otras dos puertas: la 
más inmediata al proscenio conduce á una galería de palacio; 
la de más arriba comunica con el piso alto del fondo. Una 
mesa, y en ella un espejo y un cofrecillo; al lado opuesto, un 
retrato de la Emperatriz doña María, colgado en la pared. Si- 
llas, luces. 



ESCENA PRIMERA. 

Claus, abatido y preocupado. Cunegunda , observándole. 



CüNEG. 


Claus... 


Claus. 


Esto va mal. 


CUNEG. 


Claus... 


Claus. 


No veo remedio. 


Cuneg. 


Claus!.. 


Claus. 


De esta no me libro. 


Cuneg. 


¿Qué te pasa, que andas tan mustio desde que nos dejó 




solos el amo? 


Clals. 


No me le nombres. 



— 40 



CUNEG. 

Claus. 

CUNEG. 

Claus. 

CUNEG. 



Claus. 

Cuneg. 
Claus. 

Cuneg. 

Claus. 

Cuneg. 

Claus. 

Cuneg. 

Claus. 

Cuneg. 

Claus. 



Cuneg. 



Claus. 

Cuneg. 
Claus. 



Por qué? ¿Te trae perjuicio que habite el Doctor en el 
cuarto del Archiduque? 
Archiduque! No me le mientes. 
No estamos por eso más distantes del Emperador. 
Por la Emperatriz de los cielos, no me recuerdes que 
hay Emperador en el mundo. 

¿Qué majaderías estás diciendo! Si nos ocurre pedir una 
gracia, ¿no es bueno tener á uno y otro señor ahí tan á 
mano? 

Ay, Cunegunda! ¡Qué gracias suelen ocurrírseles á los 
tales señores! 

Sirviéndolos bien, haciendo uno cuanto le manden... 
Eso hacia yo, y por ello precisamente me veo expues- 
to... á una exposición pública... 
¿Exposición! Explícate más claro; que me traes aturdida 
y suspensa. 

Suspensa! El suspenso voy á ser yo. 
¿Cómo! 
Del cuello. 
Por qué? 

Porque me lo ha ofrecido Su Majestad. Pues. Y la pala- 
bra de un César Augusto... 

¿Qué has hecho tú para atraerte una suspensión de ese 
género? 

Nada que desdiga de mi calidad de sirviente. Servir al 
Emperador, servir al Archiduque, servir á mi amo. Han 
venido los tres á saberlo, y enojados con mi serviciali- 
dad, que les ha debido parecer excesiva, me ha hecho 
cada uno por sí una oferta. El Doctor me promete cien 
palos; el Archiduque un novenario de disciplina en los 
Capuchinos , y Su Majestad Imperial cinco minutos de 
horca. 

¡Solos cinco minutos? Cualquier ladronzuelo se lleva 
siete horas: no sé por qué te asusta cantidad de tiempo 
tan mínima. 

Tú no tienes corazón, Cunegunda. Miento, sí le tienes; 
de dueña. 

Pero ¿qué! ¿no admite apelación la triple sentencia? 
Pudiera admitirla, pues cada uno de los tres me ha he- 
cho con posterioridad un encargo, asegurándome el 
perdón si Jo cumplo. Pero bien : sirvo á uno ; dejo mal 
contentos á dos. 



- 41 — 

Cuneg. Claus amigo, el adagio dice: «Del mal el menos.» Obe- 
dece á su Majestad Cesárea , líbrate de la ene de palo, 
y aguanta los de mi señor y los nueve ejercicios. 

Claus. Mujer, si yo nací para complacerá todos, y no puedo 
resistir á mi vocación. Estoy viendo que serviré por fin 
á los tres quejosos ; que van á enfurecerse más porque 
no les lie mantenido la exclusiva ; y voy á disfrutar por 
su orden las tres mercedes : paliza, vapuleo y cuelga. 

Cuneg. Principia tú por los cinco minutos, y ríete luego de lo 
demás. 

ESCENA I!. 

Otilia.— Cunegunda. Claus. 

Otilia. Señora Cunegunda... 

Cuneg. Señora Otilia... 

Otilia. Pasad al salón de su Alteza. Vuestra ama necesita de 

vos. 
Cuneg. Voy allá corriendo. (Vánse las dos.) 

ESCENA III; 



Claus. 

Real y verdaderamente abusan de mi carácter oficioso 
estos buenos señores : no hay recurso de que no se 
valgan para conquistarme, siendo yo tan fácil conquis- 
ta! Me dice el Doctor : «Cien palos mereces por haber 
traído á Matilde la joya; cien escudos te pongo en ma- 
no, si esta noche dejas descorrido el cerrojo de la puer- 
ta divisoria entre el cuarto de Matilde y el que era 
mió. » Cómo se responde á tan eficaz argumento? Así. 
(Llégase á la primera puerta del costado izquierdo, 
y descorre el cerrojo.) Paliza, una; cerrojo, uno: de 
uno á uno, pago. Un acreedor menos. 

ESCENA IV. 

Mariana , con un capotillo y una cofia de noche.— Claus. 
Mariana. Chit! Claus... 



— 42 — 

Claus. Quién?... ¿Vos por aquí! 

Mariana. Me acostaron ; pero en cuanto rae quedé sola , me le-* 
vanté. Matilde tuvo que llamar por un momento á la 
camarera de guardia; vi la puerta libre, y pif! vola- 
verunt. Nadie ha reparado. Como todo anda revuelto 
con la marcha de mi padre ymitio... 

Claus. También sale Su Majestad? 

Mariana. También. Tales noticias ha recibido, que no puede 
excusarlo. Yo , en el ínterin , quiero observar aquí en 
su cuarto á Matilde. 

Claus. Con qué motivo? 

Mariana. Desde la ventana de mi alcoba he divisado un hom- 
bre que se escondía en el jardín, atisbando hacia este 
ángulo del palacio; por raí no ha de ser: he de averiguar 
si es por Matilde. Yo, que la caso, tengo derecho y obli- 
gación de vigilar su conducta. 

Claus. Ciertamente , señora. 

Mariana. Tú has de ayudarme. 

Claus. Dejad primero que medite sobre cinco minutos. 

Mariana. Medita con esta sortija en el dedo. (Le da una.) 

Claus. Mandad, señora: soy el sirviente universal por incli- 
nación y por estrella. 

Mariana. Ocúltame donde pueda acechar. 

Claus. (Señalando el balcón interior.) Allí estaréis bien. 

Mariana, No me engaña Matilde á mí : la veo muy desapacible 
desde esta mañana , y adivino el por qué. Su tio la 
quiere; á ella no le gusta su tio. 

Claus. (Aparte. Aquí entra el encargo del Archiduque para 
el indulto del novenario.) Tiene ella otro amante. 

Mariana. ¿Otro! Quién es? 

Claus. Un incógnito conocidísimo , un viudo. 

Mariana. Miren la del hábito! ¡La que me vedaba que leyese co- 
medias! Yo no las leo, y ella las hace. 

Claus. La familia del viudo pretende que dicho incógnito se- 
ñor se case con una prima suya, muy guapa y de ca- 
torce años ; pero él no hace de ella maldito el aprecio , 
por causa de ¡ Matilde. 

Mariana. Ay , qué picaro ! ¡Despreciar á una prima, cuando me 
casaba yo tan á gusto con mi primo don Baltasar! ¿Qué 
edad viene á tener el viudo? ¿La del Rey de España si- 
quiera? 

Claus. Por ahí , por ahí. 



- 43 - 

Mariana. De manera que ese moscardón levanta de cascos á mi 
Aya (que se ha de casar con su tio, quiera ó no quiera), 
y se burla de una muchacha como un pimpollo ! Pues 
no seré yo Archiduquesa de Austria, ó el tal primo ha de 
dar la mano á su prima. No le valdrá el ser hombre pa- 
ra salirse con la suya. 

Claus. Y lo que es la prima le tiene afición. 

Mariana. ¿Sí , eh! ¿Á pesar de que es viudo, ya casi viejo , y anda 
tras otra! 

Claus. Eso avive quizás el amor de la niña. Cuando median los 
celos... 

Mariana. Qué son celos? 

Claus. Envidias de amantes. 

Mariana. Si no acertaré yo por eso á querer á mi tío? Como no 
me da envidia , como no me pone celosa... ¿Has oido tú 
si don Felipe tiene algún capricho en Madrid? 

Claus. Corrió voz , tiempo ha, de que cierta cómica... 

Mariana. ¡Cómica dijiste? Ay! ¡qué celda tan hermosa le voy á al- 
quilar! 

Claus. Llegáis ya tarde : creo que es Abadesa de unas monjas 
Benitas , allá en un desierto. 

Mariana. ¿Abadesa! Bien ha librado ; lega fregona la hubiera he- 
cho yo. Por mi cuenta corre satisfacer sus celos á la 
prima del viudo. 

Claus. Entraos , que vienen. Soy luego con vos. 

Mariana. Yen pronto. 

(Váse por la puerta de la izquierda , más inmediata 
al fondo.) 

ESCENA V. 

Matilde , de dama. Cunegunda. — Claus. 

Matilde. (Aparte. Dos galanes... tres con mi tio. El de la joya 
es el que me desasosiega.) Claus , ¿tienes ya cerrada la 
puerta de la galería? 

Claus. La de la galería y la del jardín. Todo está cerrado, me- 
nos la reja de ese tránsito á la habitación de Su Alteza, 
por donde venís. Las llaves/* como previnisteis, quedan 
en su sitio. 

Matilde. Recogeos al instante los dos. 

Cuneg. Perdonad: yo me acostaré cuando os deje acostada. 

Matilde. No te necesito. 



- 44 - 

Cukeg. Podéis necesitarme : vos no estáis buena. Tarde y noche 
me habéis dicho que os hallabais desazonada; y en efec- 
to , allá en el salón de Su Alteza , andabais como tris- 
tona, como distraída 1 .:. La mudanza de traje no os 
sienta bien. 

Matilde. ¡Qué?... me caia mejor el hábito? 

Cuneg. Queria decir que siendo aquella ropa de más abrigo, 
y habiéndoos quedado en cuerpo y en cabello , habréis 
cogido un pasmo sin duda. Os traeré un capote y un 
serenero. 

Matilde. Deja esos disfraces en su lugar. 

Clneg. Como ya no han de visitaros... 

Matilde. Retírate, y recógete al punto. 

Cuneg. Señora... buenas noches. (Váse.) 

ESCENA Vi. 

Matilde. Claus. 

Claus. Señora, descansad. (Váse retirando muy poco á poco.) 

Matilde. (Aparte. Quién será ese hombre? Conforme se va acer- 
cando la hora de verle , mi curiosidad se hace insufri- 
ble.) Claus... 

Claus. Mi buena señora... 

Matilde. (Abriendo el cofrecillo.) Á tu parecer, ¿qué vale esta 
joya? (La saca y se la entrega á Claus.) 

Claus. Esta? Ah! esta... de fijo ha costado sus mil escudos. 

Matilde. Es luya, si me dices quien me la regala. 

Claus. jMia? Señora... yo... Cómo?... (Aparte.) Joyería voy á 
poner en dejando el servicio. 

Matilde. Tú lo sabes; yo he de averiguarlo muy pronto : con que 
nada arriesgas en decírmelo. 

Claus. Siendo así , no podéis aguardar?... 

Matilde. No quiero aguardar. Me mata la impaciencia. Res- 
ponde. 

Claus. Solo puedo responder que esta joya... 

Matilde. Sí. 

Claus. La ha mandado hacer y la ha costeado... Su Majestad 
Cesárea. 

Matilde. Su Majestad!... Vete. Vete con ella... 

Claus. (Aparte, retirándose.) Con esto, y abrir la puerta de la 
galería , me libro de los cinco minutos de colgadura. 



- 45 — 
Me quedan cien escudos de beneficio. (Tase.) 

ESCENA VIL 

Matilde. 

Su Majestad! El Emperador ! Sí , no cabe ya duda. Mi 
corazón estaba deseando amar , amaba ya sin saber á 
quién: ya lo sabe. Le estremecieron, le arrebataron 
aquellas cartas del español incógnito; creí que el de las 
cartas era también el de la joya; es otro; es forzoso ele- 
gir; al español no le conozco ni siquiera de nombre; 
Glaus acaba de pronunciar el más ilustre que se conoce. 
Pero yo, merezco esta dicha? ¿Es cierto que el Empera- 
dor me ama? Él me ha dicho: «Veréis á vuestro amante 
en presencia mia.)> Él dijo también: «Casada mi hija 
con el Rey don Felipe; haréis á mi corona el más alto 
servicio; recompensa no inferior os aguarda.» ¡Recom- 
pensa! Corona! Palabras que el acaso juntó, ¿fuisteis el 
anuncio de mi destino? Fernando III es un monarca vir- 
tuoso; él me asegura que su amor es digno de agrade- 
cimiento... Amor que no es puro, no merece que se 
agradezca. Y á mí, ¿qué otra clase de amor se me 
puede ofrecer? Mi opinión , la severa enseñanza que 
me dio mi tio... — No puedo ahora menos de sonreir- 
rae... «Para nada eres!» me gritó una vez tan furioso... 
y echó aquí la mano .. (Tócase una oreja y juguetea 
con el pendiente.) Pobre Doctor! Y ¡maltrataba una 
oreja imperial! Yo Emperatriz! (Vuelve la vista hacia 
el retrato de Doña María.) Aquella lo ha sido. (Mi- 
rase al espejo.) Esta soy yo. ¿Tanto desmerecería esta 
delante de aquella? Hermana fué de Felipe IV... Yo soy 
una sirviente de su hija... — Sí; pero en esla guerra de 
casi treinta años, que ha trastornado el antiguo imperio, 
cuántos casamientos desiguales no ha visto Alemania? 
— Ay! ¿cuántas ambiciones de mujer vemos también 
castigadas con la ignominia! El Archiduque me declaró 
enérgicamente que el incógnito de la joya ¡no sería mi 
esposo! Vendrá á las doce el Emperador por aquella 
puerla , que da paso á la habitación de su hija; ¿qué 
vendrá con él para mí? Será la dicha? ¿Será la mayor de 
las desventuras? Una reja atraviesa el tránsito: paso 



- 46 — 

tiene por entre sus hierros la dicha; la deshonra no pasa. 
Voy á cerrar. — El Archiduque! 

ESCENA VIII. 

Leopoldo, en traje militar. — Matilde. 

Leop. Matilde... 

Matilde. Alteza ilustrísima!... 

Leop. Habiéndome ya despedido , como visteis , de vuestra 
alumna, quiero despedirme de vos en particular, y co- 
municaros una noticia. 

Matilde. Vuestra Alteza me está siempre favoreciendo. 

Leop. La noticia es esta. El matrimonio del Emperador con mi 
prima, la Archiduquesa Leopoldina, de lnspruck, es un 
asunto casi ya terminado. 

Matilde. ¡Su Majestad se casa? Es posible? 

Leop. Es seguro. El Consejo y la Corte lo solicitan con vehe- 
mencia, el interés del Estado lo exige, yo lo tengo á mi 
cargo , y en fin Su Majestad mismo no ha podido ne- 
garse. 

Matilde. ¡Su Majestad consiente? 

Leop. Él procura que se difiera; pero ha consentido. Como será 
poco agradable para mi sobrina tener madrastra , po- 
déis utilizar esta circunstancia tan poderosa , á fin de 
decidirla á casarse. 

Matilde. Cierto.— Bien... bien está. 

Leop. La futura Emperatriz cuenta catorce años y es amabilí- 
sima: creo que mi hermano acabará por quererla mu- 
cho, aunque ahora, con sus devaneos... 

Matilde. Devaneos el Emperador! 

Leop. Se ha aficionado á una pobre muchacha, que no sabe el 
riesgo en que vive. 

Matilde. Riesgo! Vuestra Alteza debería avisarla, protegerla, sal- 
varla. 

Leop. Matilde , yo salgo de Viena esta madrugada; y aunque 
mi hermano parte conmigo , él puede volver antes 
que yo. 

Matilde. Vuestra Alteza, no podría manifestar al Emperador?... 

Leop. Le prediqué ya , y no he visto fruto. Quisiera, sí, decir 
algo á la niña; pero no hay tiempo. Si no os repugnara 
dirigirle en mi nombre una súplica... 



— 47 — 

M \ tilde. Á quién? 

Leop. A ella. Claus, vuestro sirviente, sabe su nombre. 

Matilde. Vuestra Alteza diga, Vuestra Alteza me mande. 

Leop. Rogadla que , siendo como es , virtuosa y discreta, 
proceda con mi bermano de modo, que Su Majestad 
case pronto cual debe. 

Matilde. Satisfaré el deseo de Vuestra Alteza. 

Leop. Ofrecer premios á esa joven sería ofenderla ; pero ya 
os podéis figurar si yo le quedaré agradecido, y si vale 
algo la gratitud y amistad sincera de Leopoldo Gui- 
llermo. Ni ¿qué más premio de una acción buena, que 
la satisfacción dulcísima que produce en nosotros , y 
la certidumbre de que los ángeles la escriben en el li- 
bro eterno de los acreedores á la bienaventuranza sin 
límite? 

Matilde. Ab, señor! Conmovida al oiros... 

Leop. ¡Os enternecéis, mi buena Matilde? Yo también. Una 
despedida siempre cuesta lágrimas... Y cuando es para 
ir á buscarlos combates... Por si no volvemos á ver- 
nos, recibid mi bendición apostólica. 

Matilde. Cuando Vuestra Alteza regrese: tengo esperanzas de 
merecerla. 

Leop. Contad entonces con la del cielo. (Váse.) 

ESCENA EX. 

Matilde. 

Sueños momentáneos! Delirios del orgullo y de la am- 
bición! huid, alejaos para siempre. Me felicito de ha- 
ber dado la joya á Claus: equivale á tirarla. No tar- 
dará en venir el Emperador: puedo recibirle sin so- 
bresalto. Luego se ausenta... Sí; pero volverá... y 
volverá sin el Archiduque... Defensor necesito, defen- 
sor constante y seguro. 

ESCENA X. 

Per- Afán. — Matilde . 

Per. (Saliendo por la primera puerta cicla derecha.) ¡Ma- 
tilde! 



— 48 - 

Matilde. Mi tío! (Aparte. Es el confidente del español , del autor 

de esas cartas que brotan fuego.) 
Per. No te enojes por esta visita. (Permanece en la puerta.) 
Matilde. Pasad, pasad. No venís á mal tiempo. 

ESCENA XI. 

Claus, asomándose con recato por el balcón del fondo. — Ma- 
tilde. Per-Afan. 

Claus. (Muy bajo.) Chit! señores... 

Matilde. Qué hay? 

Claus. La Archiduquesa está ahí. (Señalando lo interior de 
la pieza del fondo.) 

Matilde. ¿Cómo! 

Claus. Ha venido furtivamente á ver lo que hacéis. 

Per. (Aparte.) Qué ocasión! 

Claus. No os deis por entendidos. (Bajo, dirigiéndose á Ma- 
riana, que aún está dentro ) Venid: aquí estaréis bien, 
(Apártase para dejarle puesto.) 

Per. Ños oirá tu discípula. Tenemos que hablarnos como per- 
sonas destinadas á casarse. 

Matilde. Habladme del incógnito de las cartas. 

ESCENA XI!. 

Mariana, en el balcón, oculta entre las cortinas — Matilde y 

Per-Afan , en la sala. Claus, también en el balcón, detras de 

Mariana. 

Mariana. (Apa,rie á Claus.) Los dos aquí! Esto es más de lo 

que esperaba. 
Per. Siéntate por un momento, Matilde. 
Matilde. Cómo habéis podido penetrar hasta mi habitación? 
Per. Me quedé con la llave doble déla puerta al jardín. He 

aguardado en él hasta ver cerrar todas las ventanas de 

palacio, y he abierto en seguida. 
Mariana. (Aparte á Claus.) Era él quién rondaba! 
Claus. (Aparte á Mariana.) Como es su novio... 
Mariana. (Aparte á Claus.) Me rondará don Felipe á mí? 
Claus. (Aparte á Mariana.) ¡Poquito aficionado es él á rondas 

galanas! 
Mariana. (Aparte á Claus.) Eso me gusta mucho Tapa, que miran. 



— 49 — 

Per. Antes de las doce te dejaré : como cuando vivíamos 
juntos. Me tenías tan hecho á este rato de conversación, 
que ni por un dia he querido privarme de él. 

Matilde. Qué dirá si os ha visto alguno? 

Per. Que somos amantes, noticia oficial de hoy en la corte. 
Que necesitamos casarnos pronto: eso es lo que yo deseo. 

Matilde. {Oponiéndose.) Pues yo... 

Per. (Bajo.) Que te oye : disimula. 

Matilde. Pero, tio, vos antes no me teníais demasiado cariño; hoy, 
gracias aun antojo de mi discípula, que merecía una 
mano de azotes... 

Mariana. (Aparte.) Ca! 

Matilde. Os habéis declarado mi pretendiente. ¿Quién hace caso 
de unos amores tan repentinos? 

Per. ¿Repentinos, Matilde! ¿Cuánto há que recibes unas car- 
tas de amor anónimas? 

Matilde. Una porción de meses. 

Per. Pues bien... (Baja la vo£.) 

Mariana. (Aparte á Claus.) ¿Por qué no me escribe mi tio anó- 
nimos? 

Claus. (Aparte á Mariana.) Porque aun está de luto, y no di- 
cen bien cartas de amor con oblea negra. 

Matilde. ¿Vos el amante incógnito! (Aparte á don Per-A fan. ¿Es 
broma, tio?) 

Per. (Aparte á Matilde.) No preguntes: no caiga en sos- 
pecha. 

Matilde. Notas á Séneca , ya sé que sabéis escribir ; pero cartas 
de amor tan apasionadas , versos tan lindos , lo ignora- 
ba completamente. 

Per. Quien sabe sentir, sabe decirlo. 

Mariana. (Aparte a Claus.) No hace versos también mi tio? 

Claus. (Aparte á Mariana.) Si le llaman el Rey poeta! 

Matilde. Algo tarde habéis aguardado á sentir. 

Per. Nadie como tú puede apreciar la causa. Destinado á las 
letras por mi familia , que observaba mi ardorosa in- 
clinación al estudio , ellas ocuparon exclusivamente mi 
juventud, ellas devoraron los más verdes años de mi exis- 
tencia. Compitiendo con unos, aprendiendo de otros, ade- 
lantándome á bastantes , reconociendo la superioridad 
en el que la tenia ; entre gozos y contrariedades , entre ' 
los murmullos déla envidia y el lisonjero estímulo de la 
opinión benévola , llegué sin sentir á la edad en que el 

4 



— 50 — 

hombre cuyo corazón vivió dormido mientras el entendi- 
miento velaba, se le encuentra de improviso impaciente, 
anhelante, sediento de emociones dulces y tiernas, robus- 
to como de varón, tímido como al salir de la infancia. Ya 
es tarde entonces para amoríos de paseo y de iglesia, de 
calle y ventana; se avergüenza uno de ir contra la grave- 
dad que debe distinguir al hombre científico, porque el 
uso de libros buenos conserva su pudor al espíritu, 
como la compañía de una casta madre , la modestia en 
sus hijas. Entonces mira el hombre al rededor de sí; 
mira cerca , porque el nebuloso horizonte del mundo, 
que no conoce , le cansa la vista ; y si halla á su lado, 
bajo su techo mismo , un semblante hermoso y un co- 
razón angélico , ni puede ni quiere ni debe ir más 
lejos á buscar la felicidad : sabe que el cielo nos la co- 
loca siempre inmediata. Si él la ha desconocido por mu- 
cho tiempo ; si deslumhrado con el brillo de la humana 
gloria , no reparó en el tesoro de gracias y virtudes con 
que estaban casi tocando sus manos, ¿qué ha de hacer 
al advertir su error , sino confiarlo al papel primero , y 
arrojarse después á las plantas de la que adora? 

Matilde. Tío , por piedad... Si vinieran... 

Per. Di que me perdonas, Matilde; que perdones mi antiguo 
desamor y mi amor presente, es lo que pretendo. Con 
el disimulo del inferior entre superiores , del que ha 
ofendido y no sabe cómo reparar sus ofensas, hay aquí 
para tí más y más puro amor que ha de consagrarte nin- 
guno. Yo no pido tu afecto , si hay quien lo merezca me- 
jor. Yo quiero tu bien aun á costa del mió: si le ofrece 
la mano de esposo quien valga más, yo tendré valor pa- 
ra enlazársela con la tuya. 

Mariana. (Descorriendo la cortina y gritando.) No digáis eso; 
que os dará calabazas. 

Matilde. Archiduquesa! ¿Vos acechando ahí! 

Mariana. (Saltando del balcón á una silla y de esta al suelo.) 
Sí, señora, y me alegro mucho de haber acechado. ¿Cómo 
se entiende! ¡Consentir que un tio, que dice cosas tan 
bonitas, estuviese con la rodilla en tierra, sin tenderle la 
mano! ¿Es este el respeto á los mayores, que me ense- 
ñabas! 

Matilde. Venid á vuestro cuarto, donde os enseñaré cómo debéis 
respetarme á mí. 



— 51 — 

Mariana. ¿A tí! Ya no: tienes por qué callar. 

Matilde. Archiduquesa! 

Per. Señora! 

Mariana. Digo bien. Vos ignoráis las picardigüelas de vuestra no- 
via. Tiene otro galán. 

Matilde. Señora Archiduquesa! 

Mariana. Madrina, se me dice.— Sí, señor: tiene mi ahijadita otro 
amante más principal que vos ; pero no os dé cuidado: 
es un maula que no trata de casarse con ella. 

ESCENA XIII. 

Fernando. — Mariana. Matilde. Per- Afán. 

Fern. Qué es esto? 

Per. (Aparte.) El Emperador! 

Fern. Aquí la Archiduquesa á estas horas, Matilde! 

Matilde. Aun no son las doce. 

Fern. Sin embargo, extraño un poco veros tan acompañada. 

Matilde. Yo extraño también que Vuestra Imperial Majestad ven- 
ga por esa puerta^ y venga tan solo. 

Fern. Por no alborotar la habitación de esta niña, á quien su- 
puse ya reposando, llamé á la puerta de la galería. 

Mariana. Señor padre , como estáis de marcha, no ha querido 
acostarse mi hermano hasta veros partir : no he de ser 
menos. 

Fern. Aunque lo estimo, dame ahora el gusto de pasar á tu 
gabinete. Llevadla, Matilde. 

Matilde. (Aparte á don Per- Afán.) De veras , tio : ¿son vuestras 
las cartas? 

Per. (Aparte á Matilde.) Ahí van de mi letra. (Le da unos 
papeles.) 

Matilde. Madrina, venid. (Llégase cariñosamente á Mariana y 
le besa una mano.) 

Fern. Doctor, esperad. (Vánse Mariana y Matilde.) 

ESCENA XIV. 

Fernando. Per-Afan. 

Fern. Habiéndose dispuesto que os trasladéis á otra habitación 
mientras pasáis por capitulado con vuestra sobrina, pu- 



— 52 — 

dierais haber comprendido que no era decente visitarla 
á estas horas. 

Per. Como novio de burlas, no me consideré tan escrupulo- 
samente obligado. 

Fern. Para mi corte es negocio de veras , y yo debo impedir 
que se esparzan hablillas en daño de la reputación de 
Matilde. Doctor Per-Afan, me acompañaréis en nú 5 
viaje. 

Per. Doy á Vuestra Imperial Majestad rendidas gracias por 
esa honra ; se las doy más rendidas por el interés que le 
merece la opinión de Matilde. Ruego por lo mismo á 
Vuestra Majestad que la proteja contra las tentativas de 
un amante oculto y poderoso que tiene. 

Fern. ¡Un amante? En efecto, se me ha dicho que la galantea 
por escrito no sé qué personaje español. Pero me han 
asegurado que á" ese le favorecéis vos. 

Per. No es español el sujeto á quien me refiero; el español 
debiera tener perdidas las esperanzas, porque no pue- 
de competir con el alemán. 

Fern. Quién es ese último? 

Per. El primero entre sus iguales, que son muy pocos. Pro- 
metido consorte de una princesa del Tirol , deuda suya, 
mal podrá casarse con mi sobrina. 

Fern. Maese Per-Afan ! . . . 

Per. Pedro Afán de Ribera quizás aconsejaría á Matilde 
que ni aun la mano de ese amante admitiese : matri- 
monios tan desiguales pocas veces acaban en bien. Para 
menos que esposa , no ha nacido Matilde. 

Fern. ¿Quién os ha dicho que ese amante, irritado ya de que 
por todos lados haya quien ose contrarestar su gusto, 
no piensa igualar con su altura la mujer en quien de- 
posita su amor? 

Per. Lícito le sería como cristiano ; pero atendidas ciertas 
graves razones... 

Fern. Ni os ha elegido por consejero el galán de Matilde , ni 
en este asunto ha de guiarse por voto ajeno. Retiraos 
de aquí. 

Per. (Aparte.) Emperatriz Matilde!... Séalo, y ¡mas que me 
cueste la vida! ( Váse.) 



- 53 — 

ESCENA XV. 

Fernando. 

Mi hermano, Kevenhüller, el Arzobispo de Praga, todos 
hasta ese miserable extranjero, se conjuran contra una 
añcion todavía inocente, ¡una afición que todavía no he 
declarado! ¿Ilegítima la suponen! Por ellos voy á legiti- 
marla! (Llamando.) Claus!— Rompo todo empeño an- 
terior. — Claus! 

ESCENA XVI. 

Claus.— Fernando. 

Claus. Majestad Cesárea... 

Fern. Que aguarde el correo del Tirol. Á mi hermano , que 

vuelva á reunir el Consejo al instante. Ha de ser obra 

de cinco minutos. 
Claus. (Aparte.) Cinco minutos de obra! Dios mío! ¿Si será 

obra de tira y aprieta? (Váse.) 

ESCENA XVII. 

Mariana. — Fernando. 

Mariana. Señor padre!... 

Fern. ¿Aun vuelves aquí! 

Mariana. Me envia Matilde. 

Fern. Á que? 

Mariana. Á entreteneros, mientras ella acaba de llorar. 

Fern. ¿Matilde llora! 

Mariana. Como una Magdalena. 

Fern. Por qué? 

Mariana, Porque tiene dos novios, y se queda sin el mejor. 

Fern. ¿Sin el mejor! Sabes tú quién es? 

Mariana. Dice Matilde que es persona distinguidísima , que yo 

no conozco. Un viudo con hijos, y con una primita de 

catorce años, preciosa muchacha. 
Fern. Y el otro? 
Mariana. El otro es el que yo le he propuesto, clon Per-Alan. 



— 54 — 

Buena mano he tenido! ¿Creeréis que el Doctor estaba 
enamorado de Matilde en secreto? 

Fern. ¡Él de Matilde? 

Mariana. Años hace. Y le ha escrito unas cartas anónimas, que 
según Matilde, levantan en vilo. 

Fern. Cómo sabes tú eso? 

Mariana. Porque él se lo ha confesado á ella esta noche , y yo lo 
estaba oyendo... por casualidad. 

Fern. Y entonces, qué le dijo Matilde? 

Mariana. Nada, porque les corté la conversación. Pero á mí luego, 
qué cosas me ha dicho! 

Fern. Á ver, á ver cuáles. 

Mariana. En primer lugar, ella se iba inclinando al viudo. 

Fern. ¡Se le inclinaba? 

Mariana. Pero ya no hay inclinación que triunfe : don Per-Afan 
es el preferido. 

Fern. Por qué razón? 

Mariana. Por dos. Por no hacer mala obra á la prima del viudo, 
y porque el viudo tiene obligación de casarse con su 
primita. 

Fern. No, hija, no: á ese viudo, á quien yo conozco, no 
hay obligación que le apremie. Pudiera muy bien casar 
con Matilde. 

Mariana. Ya se lo impediremos nosotros. 

Fern. Por qué? 

Mariana. Porque si casara él con Matilde, parece que se enfada- 
ría muchísimo Don Felipe IV con vuestro gobierno : lo 
cual, ya veis, no nos tendría cuenta ninguna. 

Fern. Yo apaciguaré á Don Felipe. No temas. 

Mariana. No creáis que yo temo ; quien debe temer es el viudo. 
Alguna desgracia va á sucederle. 

Fern. ¡Desgracia? 

Mariana. (Señalando el retrato de doña María.) Asegura Ma- 
tilde que aquella de allí, mi madre que está en gloria, 
miraría esa boda con muy malos ojos. 

Fern. (Aparte.) Oh! no me atrevo á dirigirle los míos! 

Mariana. Peligroso es tener descontentos en el otro mundo. Por 
eso Matilde, puesta de rodillas, con las manos en cruz, 
ha ofrecido echarse el hábito para toda la vida , porque 
Dios envié á ese hombre luz y conocimiento. 

Fern. Basta, hija, basta. 

Mariana. Oídme una especie. El viudito que nos enreda, tiene 



— 55 — 

que ser alemán ó español. Si es del Imperio, decidle 
de mi parte que se arregle con su prima y nos deje en 
paz. Si es vasallo del Rey de España, yo le pondré una 
bonita carta anónima á Su Majestad, para que retire de 
nuestra corte á ese prójimo, y le encierre por medio año 
en la Inquisición. 
Fern. ¿Tú escribirías al Rey de España! 
Mariana. Sí, señor, ya sí. Como he visto á Matilde resuelta á 
casarse con el Doctor, y segura de que ha de ser con 
él felicísima, he dicho : « Bueno: yo me casaré tam- 
bién con mi tio. » 
Fern. Hija de mi alma! 

Mariana. Que aprenda de nosotras el viudo. Cuando sobrinas 
tan en flor se casan á pares con tios granados, bien 
puede un primo cuarentón contentarse con una pri- 
mita de catorce cosechas. — Que estudie la fábula de la 
guindilla y el dulce. 
Fern. Qué fábula es esa? 
Mariana. Una en castellano, que dice así. 
(Recita.) Se juntaron á comer 

una vez en un mesón 

un viajero solterón 

y un casado mercader. 

Tras mil discursos prolijos, 

vino el soltero á decir 

que era imposible regir 

la voluntad de los hijos. 

— «Pues, señor, conmigo viaja,» 

repuso atento el casado, 

«el niño que tengo al lado, 

y este chico es una alhaja. 

Vos pudierais ser testigo 

de que, sin esfuerzo grande, 

cuanto yo quiera y le mande, 

me lo hace según le digo. 

— Vaya! esos serán extremos 

del amor que le tenéis. 

—Hombre, no.— Bah! bah!— ¿Queréis 

que apostemos? — Apostemos.» 

Apuestan, y en la porfía 

gran cantidad se atraviesa. 

En esto pone en la mesa 



— 56 — 

dos platos el que servia. 

Como hay entre los viajantes 

gustos del todo contrarios, 

un plato eran dulces varios, 

otro, pimientos picantes. — 

«Basta una prueba sencilla,» 

dijo el solterón sin duelo: 

«mandad á ese ángel del cielo 

que se coma una guindilla. 

• — Hijo, complace al señor,» 

contesta el padre; «anda, listo!» 

La guindilla... Jesucristo!.. 

volcaba con el olor. 

El pobre niño, aterrado 

con el atroz mandamiento, 

cogió llorando el pimiento 

para tirarle un bocado. 

El padre en tanto, con poca 

prudencia ó fuerte apetito, 

pilló un dulce callandito, 

y acercóselo á la boca. 

Fuera el muchacho de sí, 

gritó al mercader: «Por Dios! 

¿Confitura para vos, 

y picante para mí! 

Yo de obedeceros trato, 

la apuesta quiero ganar; 

pero comed á la par 

otra guindilla del plato; 

que no será proceder 

como padre, hombre de juicio, 

exigirme un sacrificio, 

y vos no quererle hacer.» 
Fern. Mariana! 
Mariana. Aquí está Matilde. 

ESCENA XVIII. 

Matilde. — Fernando. Mariana. 

Fern. Llegad , Matilde. Aunque mi hija me acaba de dar per- 
fectamente la lección que le habéis enseñado, necesito 



— 57 — 

aún oir á la maestra. (Mariana se llega á la mesa y se 
entretiene registrando cuanto hay allí.) 

Matilde. Vuestra Majestad Imperial me fió el honroso cargo de 
reducir á mi señora la Archiduquesa á casar con el Rey 
Católico: vuestra cesárea voluntad queda cumplida. ¿No 
mereceré en pago que me oiga con benignidad un re- 
cuerdo? 

Fern. Recordad antes vos... 

Matilde. Vuestra Majestad es mi natural protector : mire por mi 
honra. Vuestra Majestad es el padre de su pueblo: mire 
por él, 

Fern. [Bajo á Matilde.) ¿No querréis admitir mi corona im- 
perial? 

Matilde. (Bajo al Emperador.) Quiero más , quiero darla. Des- 
pués de haber hecho una Reina por vuestro gusto, debo 
hacer una Emperatriz por el mió. 

Mariana. Con que , señor padre , ¿me encargo yo de que desapa- 
rezca ese viudo incómodo? 

Fern. Ha desaparecido , hija mia. El galán incógnito de Ma- 
tilde no existe ya. 

Mariana. ¿Se ha muerto! Y nosotras que no sabíamos nada! Por- 
que tú no lo sabias, no es verdad? 

Matilde. Esperaba la noticia , señora. 

Mariana. Ya! por eso llorabas tanto hace poco. Pobre Matilde! 
Pobre ayita mia! Pero ¿ves qué igual es nuestra suer- 
te, mujer! Tu viudo se te muere, y á mí se me murió 
mi soltero! Bien que el viudo te hace un favor dejándo- 
nos; pero yo sin mi primo... (Al Emperador.) No os 
ofendáis; iba á escapárseme un despropósito; le he reco- 
gido al vuelo. Ya que se fué el incógnito, ¿no podréis de- 
cirme quién era? 

Fern. Un padre de una gran familia , no indigno del amor de 
sus hijos ; un curioso que, buscando la dicha, había en- 
contrado la piedra filosofal. Vio que hacer el oro con 
materias humildes era peligrosísimo para el mundo , y 
ha conseguido de Dios que le deje desaparecer de la 
tierra con su secreto. . . 

Matilde. Así se ha hecho acreedor á una gloria inmortal. 

Mariana. A mí me ha chasqueado, porque ¡habia consentido yo 
tan de veras en casarle contra su gusto!.. 

Fern. Gusto igual te dará tu padre. 

Mariana. ¿Sí! Cómo? 

5 



- 58 - 

Fern. Tu tio , mi Consejo, y otras personas más, creen que es 
absolutamente preciso que vuelva á contraer matrimonio. 

Mariana. Vos! 

Fern. Y tendré que avenirme, á pesar de mi repugnancia. 

Mariana. Yo lo creo que os repugnará. Digo! Habiendo tenido 
una esposa como esa! (Señalando el retrato.) 

Matilde. Por vos necesita contraer ese enlace Su Majestad. 

Mariana. ¡Por mí? Qué necesidad tengo yo de madrastra? 

M atilde. Como vais á serlo, conviene que aprendáis á desempe- 
ñar bien ese difícil cargo. En vuestra prima Leopoldi- 
na, de poca más edad que vos, tendréis un dechado 
perfectísimo de madre política. 

Mariana. Leopoldina ha de tener unos catorce años... ¡Qué seme- 
janza entre el incógnito de Matilde y mi padre! Los dos 
viudos, los dos con hijos, los dos con primas, los dos 
sin gana de casarse con ellas... En fin, si mi señora Leo- 
poldina es tan buena para segunda madre, yo también 
me siento con famosas disposiciones. Padre y señor mió, 
don Felipe cada dia pierde , y yo la gano : que dure po- 
co la enseñanza de madrastría. 

ESCENA XIX. 

Leopoldo. — Fernando. Mariana. Matilde. 

Leop. (Al Emperador.) Para qué mandas reunir el Consejo? 

Fern. Para noticiarle un suceso próspero. La Archiduquesa 
acaba de manifestar que está ya deseando salir de Yiena 
para Madrid. 

Leop. Es cierto, Mariana? 

Mariana. Sí, tio, certísimo. Rehusé antes, porque no sabia lo que 
he visto después entre mi Aya y don Per-Afan; ya es- 
toy convencida de que , dando con un tio que escriba 
amores anónimos á su sobrina , le componga versos, y 
le hable de noche á solas como don Per-Afan á Matilde, 
la sobrina quiere al tio sin remisión. Don Felipe, que ha 
sido casado , aun sahrá de amores mucho más que don 
Per-Afan de Ribera, que principia á ejercer. 



- 59 — 

ESCENA XX 

Per-Afan.— Fernando. Leopoldo. Mariana. Matilde. 

Per. Estoy á las órdenes de Vuestra Majestad Imperial. Ten- 
go ya hechos mis preparativos de viaje. 

Fern. Doctor Per-Afan, os quedáis en Viena. 

Mariana. Para casaros con Matilde cuanto antes. 

Fern. En recibiendo la dispensa de Roma. 

Leop. (Aparte al Emperador. Bien , Fernando!) Vendrá con 
la de mi sobrina en muy poco tiempo. 

Per. Señores!... Matilde!... ¿Á quién dirigiré primero la efu- 
sión de mi gratitud? 

Mariana. Á mí, don Per-Afan. Mi padre y Matilde me casan con 
Su Majestad Católica; yo caso á mi padre con mi prima 
Leopoldina de Inspruck, y á Matilde con vos. 

Fern. (Al Archiduque.) Estás contento? (Leopoldo le abraza, 
y hablan aparte.) 

Matilde. (Aparte á su tio.) Y vos lo estáis? 

Per. (Aparte á Matilde.) Una palabra que me dé confianza, 
Matilde. 

Matilde. (Aparte á don Per-Afan.) He preferido vuestra mano á 
la de Fernando III. 

Mariana. (Á Matilde.) Habíale alto: si ya me figuro qué le dirás: 
que le vas á querer tantísimo!... 

Matilde. Como he de serviros de modelo... 

Mariana. No te deslucirá la copia. Tan segura estoy de que 
pueden probar bien los casamientos de tio con sobrina, 
que á la primera hija que tenga, la he de casar con mi 
hermano, si no es obispo. Señor padre, ¿qué regalo de 
boda haré á la futura doña Matilde? 

Fern. El título de Condesa de Blumenfeld. 

Leop. Uno de mis estados. 

Matilde. Señores!... 

Mariana. Condesa de Blumenfeld, seréis la favorita de la Reina 
Mariana. 

Matilde. (Presentando á Mariana por la mano al público.) 
A España nos llevarán 
á mi señora y á mí: 
¿saben ustedes, allí, 
cómo nos recibirán? 



— 60 — 

Venga a sacarnos de alan 
alguna demostración: 
es de niña la función; 
que pase por niñería; 
niñada mayor sería 
negarle un cortés perdón. 



FIN DE LA COMEDIA, 



CATALOGO 

de las obras Dramáticas y Líricas de la Galería 
EL TEATRO. 



is de odio y amor. 

os del alma. 

después de la muerte. 

jor cazador... 

ue quieren las cosas. 

es sueño. 

) de los años mil... 

n. 

de herencias. 

de cuervos. 

i viaje. 

sea , drama heroico. 

izon y sin razón. 

res y Guevara. 

se rompen palabras. 

suyas. 

irar con buena suerte. 

es, parientes y amigos. 

ual ama á su modo. 

to y Capitán. 

incho el Bravo, 
¡rnardo de Cabrera, 
aces es la fortuna, 
briuos contra un tio. 

lo del Rey. 

•r y la moda. 

. de cachemira. 
1 illero Feudal. 
¡ s de una flor. 

ángel! 
agosto. 

bobos anda el juego. 

ndido y la tapada. 

ogas de camisa. 

jca! 

r de las desdichas, ó Don 

lógenes, 

nza. 

a Duque. 
i se de Bailen, Loa. y Coro- 
i oética. 

sis!!! 

nciado "Vidriera. 

ücio de Tántalo. 

icia de Aragón. 



El Veinticuatro de Febrero. 
El Caballero del milagro. 

Faltas juveniles. 
Flor de uu dia. 

Hacer cuenta sin la huéspeda. 
Historia China. 

Instintos de Alarcon. 
Indicios vehementes. 

Juan sin Tierra. 

Juan sin Pena. 

Juana de Arco. 

Judit. 

Jaime el Babudo, 

Jorge el artesano. 

Los Amantes de Teruel. 

Los Amantes de Chinchón. 

Los Amores de la niña. 

Las Apariencias. 

La Banda de la Condesa. 

La Baltasara. 

La Creación y el Diluvio. 

La Esposa de Sancho el Bravo, 

Las Flores de Don Juan. 

La Gloria del arte. 

Las Guerras civiles. 

La Gitanilla de Madrid. 

La Hiél en copa de oro. 

La Herencia de un poeta. 

Lecciones de Amor. 

Lorenzo me llamo y Carbonero 

Toledo. 
Lo mejor de los dados... 
Llueven hijos. 
Los dos sargentos españoles , ó 

la linda vivandera. 
La Madre de San Fernando. 
La rerdad en el Espejo. 
La boda de Quevedo. 
La Rica-bembra. 
Las dos Reinas. 
La Providencia. 
Las Prohibiciones. 
La Campana vengadora. 
La libertad de Florencia. 
Los dos inse arables. 



La pesadilla de un casero. 
La voz de las Provincias. 
La Archiduquesita. 
La Crisis. 

Mal de ojo. 
Mi mamá. 
Misterios de Palacio. 

Nobleza contra Nobleza. 
Negro y Blanco. 
Ninguno se entiende. 
No hay amigo para amigo. 
No es la Reinaül 

Para heridas las de honor, ó el 

desagravio del Cid. 
Pescar á rio revuelto. 
Por la puerta del jardín. 

San Isidro (Patrón de Madrid). 
Su imagen. 

Tales padres , tales hijos. 
Trabajar por cuenta ajena. 
Traidor, inconfeso y mártir. 

Un Amor á la moda. 
Una conjuración femenina. 
Un dómine como hay pocos. 
Una llave y un sombrero. 
Una lección de corte. 
Una mujer misteriosa.' 
Una mentira inocente. 
Una noche en blanco. 
Un paje y un Caballero. 
Una falta. 

Ultima noche de Camoens. 
Una historia del dia. 
Un pollito en calzas prietas. 
Un sí y un no. 
Un huésped del otro mundo. 
Una Broma de Quevedo. 
Una venganza leal. 

Virginia. 

Verdades amargas. 
Vivir y morir amando. 

Zamarrilla, ó los bandidos de la 
Serrania de Ronda. 



ZARZUELAS. 



E! ensayo de una ópera. 

Mateo y Matea. 

El sueño de una noche de verano, 

EÍ Secreto de una Reina. 

Escenas de Chamberí. 

A última hora. 

Al amanecer. 

Un sombrero de paja. 

La Espada de Bernardo 

El Valle de Andorra. 

El Dominó Azul. 

La Cotorra. 

Jugar con fuego. 



El estreno de un artista. rt 

El marqués de Carayaca. 

El Grumete, 

La litera del Oidor. 

Gracias á Dios que está puesta la 
mesa. 

La Estrella de Madrid {su músi- 
ca). 

Tres para una. 

La Cisterna encantada 

Carlos Broschi. 

Galanteos en Venecia. 

Un dia de reinado. 



La Cazeria Real. 

El Hijo de familia ó el \.¿ 

voluntario. 
Los Jardines del Buen Reí 
El trompeta del Archicbq: 
Moreto. 
Loco de amor y en la corti 
Los diamantes de la Coroi 
Catalina. 

La noche de ánimas 
Claveyina la Cilana. 
La familia nerviosa, ó el ¡ 

ómnibus. 



La Dirección de El Teatro se halla establecida en Madrid , calle del Pez, nún; 
cuarto segundo de la izquierda.